"En el lenguaje es siempre la guerra" (Henri Meschonnic)

lunes, 28 de febrero de 2011

Por una historicidad radical

Por Mariano Dupont


No soy un entendido en Meschonnic. Muchos menos un especialista. Lo descubrí hace poco, hace más o menos dos años, gracias a Hugo Savino. La primera vez que Savino me lo mencionó, me dijo: te va a gustar, es un serial killer, se baja todo, no deja títere con cabeza. Un tipo muy resistido, odiado por la inteligencia francesa. Las cabezas del bienpensantismo francés no lo pueden tragar. Eso es más o menos lo que me dijo Savino. Me gustó ese prontuario. Uno siempre anda detrás de nenes así. Está demás decir que no abundan. Casi todos van por el surco, buenos hijos de la ortopedia universitaria.
Poco tiempo después me llegó la hora de entrar en Meschonnic: La poética como crítica del sentido, también traducido por Savino. Unas pocas páginas y confirmé: Meschonnic se las traía. Lejos de los lugares comunes de las teorías del lenguaje, de la lingüística, de la filosofía, de la traductología, del pensamiento. Lejos del tedio, o sea. Ahí se plantaba Meschonnic. Extemporáneo, descentrado, irónico, por momentos enojado, el tipo desmontaba todo, y al desmontar, iban cayendo uno a uno los bombines: Hegel, Heidegger, Adorno, Derrida, esos prestigios. A cambio, proponía a Humboldt (¿qué Humboldt?). También, sí, a Spinoza, a Benveniste. Y por supuesto a Mallarmé, a Baudelaire. Meschonnic pensaba, sí, pero al revés. Eso estaba claro. Daba vuelta el guante, invertía las coordenadas. Y desde ahí largaba sus puntazos. Desmontando todas las norias que se le iban cruzando. Un tipo con puntería. Tozudo. Evidentemente cansado de los lastres. Sin miedo. Decía que había que volver a Saussure para escuchar en él lo que el estructuralismo, arteramente, no había dejado escuchar. Liberar a Saussure, liberar a Mallarmé. Basta de dualismos, de coacciones: significante/significado, forma/contenido, sonido/sentido, fácil/difícil, traducible/intraducible y así siguiendo. Acabar con el reinado del binarismo del signo, con la tiranía del sentido. Males que no dejan escuchar el poema, el ritmo, la prosodia, la vida en el lenguaje. En contra de los filosofismos contemporáneos, del chamuyo de los profesionales del pensamiento. También de los poetas, de los mamuts del Museo de la Poesía Contemporánea. (Meschonnic se hubiera llevado bien con Gombrowicz, es muy posible.) Otro blanco: los traductores de la Biblia: todos sordos. Meschonnic contra todos. Para después ir hacia. Hacia allá, siempre más allá, en la búsqueda del sujeto del poema, de la máxima subjetivación –la máxima historicidad– de un sistema de discurso. Pero en el camino cayeron varios. Qué se le va a hacer. La buena medicina a veces es amarga. Alguien con pocos amigos, indudablemente. Alguien del palo, hubiera dicho Leónidas Lamborghini.
Barajar y dar de nuevo, porque hasta ahora todo mal. Empecemos de vuelta, dice Meschonnic. Siglos y siglos de torpezas, de malentendidos, de mezquindades, de sordera. Curarse de una vez por todas de la enfermedad del sentido, del signo. Tirar a la basura las ideas preconcebidas, las viejas representaciones del lenguaje. Hacer callar a los loros. Bajarlos de un hondazo. Meschonnic contra la cultura y el mantenimiento del orden.
Ética y política del traducir. Llegamos. Acá va. De vuelta Meschonnic, su bella pertinacia. De lado del poema. Del poema del lenguaje. De lo que el poema le hace al lenguaje. Una poética. Nada que ver con la poesía. Más bien una continuidad: lenguaje-poema-ética-política. Indisociables. El poema como un acto ético y político que transforma a la vez una vida y un lenguaje. La invención de una forma de vida por una forma de lenguaje y la invención de una forma de lenguaje por una forma de vida. El poema como el infinito del sujeto y el infinito del sentido. Todo por hacer, entonces, nos dice Meschonnic. Y de eso se trata: de hacer, no de decir. Ya se ha dicho demasiado, no hay nada más que decir. Por el contrario, está todo por hacer. Hacerle cosas al lenguaje (cosquillas, por ejemplo; cosquillas o cortes, cada cual a lo suyo): he ahí la ética, la poética y la política que propone Meschonnic. En sus palabras: un proyecto que opone el humor a la pseudoseriedad que confunde a los Sentados con el movimiento del pensamiento.
Con la traducción lo mismo: traducir, ya no lo que el texto dice, sino lo que el texto le hace al lenguaje. Vuelta al ritmo, al poema, a lo que Meschonnic llama el poema. Reinscribir en el lenguaje el poema que desde hace siglos nos viene birlando la poesía. Sí, la poesía nos roba el poema. Hay que recuperarlo. Que se escuche el poema, hacer que se escuche. Hacer el trabajo que no hacen los que reptan bajo la égida del signo, de lo discontinuo del signo. Traducir entonces el poema del texto, eso que el texto le hace al lenguaje. Terminar, una vez más, con el dualismo. Ahora con el de lengua fuente/lengua destino. Ni fuentistas ni metistas: meschonniquistas. Un híbrido. Un monstruo. Un pasaje. Una continuidad de lengua a lengua. Contra las traducciones “borrantes”, las traducciones que “desescriben”, las que buscan clientela. Abandonar las jerarquías. Ya lo dije: que se escuche el poema. Que no quede oculto bajo el ruido del sentido, el ruido de lo discontinuo.
Eso es, creo, lo que Savino ha intentado hacer al traducir a Meschonnic: poner en escena lo que casi todas la traducciones obedientes tienden a borrar: las costuras, los restos, las huellas del crimen. La vida de un texto, o sea, porque un texto sin costuras está muerto. La buena factura es la peor de las cárceles. Casi todo el mundo lo sabe. Lo sabe un nene de jardín de infantes. Pero la mayoría lo olvida. Y quiere todo limpio, todo claro. Y para eso interpreta. Que se vea claro, eso quieren. Claro y profundo. Interpretar: el homenaje que la mediocridad le rinde al genio. Ya lo dijo Susan Sontag. Por eso hay que machacar, lamentablemente hay que machacar, no queda otra. Meschonnic machaca. No se cansa. Vuelve una y otra vez sobre lo mismo. Lo mismo pero parecido. A ver si entra de una vez por todas. A ver si dejan de acunarse unos a otros. A ver si se dejan de boludear. A ver. Meschonnic está cansado, se nota en este libro, por eso cargosea. Muchos años contestándole a la gilada. Es lógico. Meschonnic es un cargoso, un molesto, sí, a esta altura no hace falta decirlo. En el lenguaje es siempre la guerra, decía, parafraseando a Mandelstam. Pero odiaba la polémica, esa retórica que busca el poder, silenciar al adversario. Lo de Meschonnic era la libertad. Hay que leerlo, se puede escuchar, está ahí. Por eso prefería hablar de crítica: la búsqueda de los funcionamientos y las historicidades de los discursos. Seguirlo, creo, es seguir su representación del lenguaje, su ética y su política, enemigas, siempre, de las convenciones discontinuas que nos propone la dualidad del signo.
Y termino. Termino citándolo. Un pasaje del libro en el que habla de la noción de sujeto. Meschonnic primero enumera: “sujeto filosófico, sujeto psicológico, sujeto del conocimiento de los otros y sujeto de la dominación de los otros, sujeto del conocimiento de las cosas y sujeto de la dominación de los cosas, sujeto de la felicidad, sujeto del derecho, sujeto de la historia, sujeto de la lengua, sujeto del discurso, sujeto freudiano”. Punto y aparte. Después cierra: “ninguno de esos sujetos escribió un poema”. Todo dicho.

Leído en la presentación del libro Ética y política del traducir, de Henri Meschonnic, en la Alianza Francesa, el 3 de diciembre de 2009.

sábado, 29 de enero de 2011

Interludio


En un opúsculo que lleva por título En ese tiempo, Clément Rosset cuenta que un día fue a una conferencia de Jacques Lacan en la mismísima École normale supérieure. La sala está llena a medias. Esperan al conferenciante, que oficia allí todas las semanas. “Había algo extraño en el comportamiento del auditorio. Cada uno estaba tranquilamente ocupado en leer su diario, en consultar sus notas, o tratando de resolver un problema de ajedrez o de palabras cruzadas. Daba la impresión de que todos esperaban algo pero al mismo tiempo parecían resignados a no esperar nada.” El tiempo pasa y, como Lacan no termina de aparecer, Clément Rosset le pregunta a su vecina, que estaba tejiendo, el porqué de esta tardanza. “¿Cómo? ¿Entonces no sabe que Lacan no vendrá hoy? Se fue al extranjero por quince días.” Ahí había gente, concluye Clément Rosset, cuya sumisión respecto a Lacan era tal que creía que perdía sus privilegios si faltaba a una sola de las clases del maestro  – incluso si ya se sabía y estaba probado que éste estaría ausente."

Traducción: Hugo Savino

sábado, 22 de enero de 2011

El argot nació del odio

Por Louis-Ferdinand Céline


A Trignol* lo vi sólo una vez, entre los años 1939 y 1940, yo era por entonces médico en los dispensarios de Sartrouville y Bezons. Un día entró en la oficina del alcalde, debía tratarse de un asunto político, tenía el aspecto de un agente electoral, un poco huidizo, y no pareció muy contento de verme ahí. Nos presentaron, no quise dar la impresión de no conocerlo. Volví a escuchar hablar de Trignol luego de la guerra, ¿qué había sido de él durante la Ocupación? No lo sé… No leí nada de él. Pero Trignol no era un verdadero argotista. Créame, conozco bien el argot, ¡todos los argots! El verdadero argot es El argot de las trincheras, de Villon, si bien ya es más académico, pero sobre todo el de las Canciones de Mandrin,** que por lo demás pocas personas conocen…
…No, el argot no se hace con un glosario, sino con imágenes nacidas del odio, es el odio el que hace el argot. El argot está hecho para expresar los sentimientos verdaderos de la miseria. Lea L’Humanité, no encontrará más que el dialecto de una doctrina. El argot está hecho para permitirle al obrero decirle a su patrón, al que detesta: vos vivís bien y yo mal, vos me explotás y andás en un coche lujoso, te voy a reventar… Pero el argot de hoy en día ya no es sincero, no resiste en el despacho del juez de instrucción. Siempre estoy esperando que aparezca un delincuente que espante al juez con su argot. En las prisiones de hoy se agacha la cabeza: sí Señor, sí Señor. Son sabios y no hablan en argot, lo sé por experiencia. Quedó lejos el tiempo en que Mandrin se jugaba la cabeza todos los días.
Hoy en día no queda más que el argot de los bares que usan los cafishitos para seducir a las modistas, y el argot pronunciado con el acento inglés del siglo XVI. Por lo demás, el argot no puede vivir, porque no es una construcción, es como esa casa que conocí en Berlín en la que los muros tenían grietas de diez metros pero cuyas puertas no se podían abrir. Nada se construye. Escuche a las buenas personas en el almacén. Luego de un asesinato que acaban de leer en un diario: sueltan algunos improperios y listo, no van más lejos.
Al cine y a la Serie Negra les gustaría ocultarnos esta parálisis del argot, pero al igual que con Trignol, ella se convierte en una industria.

Arts, 6 de febrero de 1957.
Traducción: M. Dupont

*Fernand Trignol fue un actor y autor francés especialista en argot durante muchos años. Fue también consejero de la “lengua verde” en algunos films.
**Louis Mandrin fue un bandido y contrabandista francés del siglo XVIII que murió ejecutado con el método de la rueda. Luego de su muerte, se popularizaron canciones que hablaban de sus “hazañas”.

jueves, 13 de enero de 2011

Rabelais fracasó

Por Louis-Ferdinand Céline


¿Quiere que le hable de Rabelais? De acuerdo, esta mañana hurgué nuevamente la Enciclopedia, así que ahora sé. Ahí está todo, en la Gran Enciclopedia. Se hacen carreras formidables con eso. Justamente, busqué la palabra “Rabelais”.
Vea usted, con Rabelais, se habla siempre de lo que no hay que hablar. Se dice, se repite por todos lados: “Es el padre las letras francesas”. Y luego está el entusiasmo, los elogios, de Victor Hugo a Balzac, a Malherbe. El padre de las letras francesas, ¡oh la la! No es tan simple. En realidad, Rabelais fracasó. Sí, fracasó. No triunfó.
Lo que él quería hacer era un lenguaje para todo el mundo, uno verdadero. Quería democratizar la lengua, una verdadera batalla. Estaba en contra de la Sorbonne, de los doctores, de todo eso. De todo lo admitido, establecido, el rey, la Iglesia, el estilo.
No, él no fue el que ganó. Fue Amyot, el traductor de Plutarco: él tuvo, en los siglos que siguieron, mucho más éxito que Rabelais. Es en él, en su lengua, donde vivimos aún hoy. Rabelais quería hacer entrar la lengua hablada en la lengua escrita: un fracaso. En cambio a Amyot, la gente todavía hoy sigue queriéndolo, quiere el estilo académico. Eso es escribir mierda: el lenguaje fijado. Las columnas de un gran matutino, que se enorgullece de tener redactores que escriben bien, están llenas de eso. Una cloaca de verbos bien hilados, de frases bien pulidas, que terminan dando, al final del artículo, una pequeña ingeniosidad inocente. Para nada peligrosa, para nada fuerte, a fin de no asustar al público. Eso es el fracaso de Rabelais, ésa es la herencia de Amyot. Verdadera mierda, repito.
Rabelais quería verdaderamente una lengua extraordinaria y rica. Pero los otros, todos, emascularon esa lengua, hasta volverla completamente insulsa. Así, hoy, escribir bien es escribir como Amyot, pero eso no es más que una “lengua de traducción”.
Uno de nuestros contemporáneos casi célebre dijo una vez leyendo un libro: “¡Ah! ¡Qué bello libro, parece una traducción!”. Ése es el tono.
Ésa es la pasión moderna del francés: hacer y leer traducciones, hablar como en las traducciones. A mí, hay gente que ha venido a preguntarme si no había sacado tal o cual pasaje de mis libros de Joyce. ¡Sí, me han preguntado eso! Es lógico, porque el inglés está de moda. Yo hablo el inglés perfectamente, como el francés. ¡Ir a sacar algo de Joyce! No, al igual que Rabelais, yo encontré todo en el mismo francés.
Lanson dijo: “Los franceses no son muy artistas”. No hay poesía en Francia; todo es demasiado cartesiano. Tiene razón, evidentemente, Amyot es un precartesiano, y con él todo se echó a perder. Pero no era el caso de Rabelais: un artista.
Rabelais, sí, fracasó, y Amyot ganó. La posteridad de Amyot son todas esas novelas emasculadas que parasitan hoy en día en las mejores editoriales. Miles por año. Pero, novelas así, yo hago una por hora.
Ahora bien, eso es lo único que se publica. ¿Dónde está la posteridad de Rabelais, la verdadera literatura? Desaparecida. La causa de eso está clara. Hay que comprender de una vez por todas (¡basta de pudibundez!) que el francés es una lengua vulgar, desde siempre, desde su nacimiento en el tratado de Verdun. Pero eso no se quiere aceptar, y se continúa despreciando a Rabelais.
“¡Ah!, es rabelaiseano!”, se dice a veces. Eso quiere decir: atención, no es delicado, le falta corrección. Y el nombre de uno de nuestros grandes escritores sirvió así para acuñar un adjetivo difamatorio. ¡Monstruoso! Porque Rabelais era un tipo muy inteligente, escritor, médico, jurista… Incluso en su vida el pobre tuvo muchos problemas: se pasaba los días tratando de que no lo quemaran.
No, Francia ya no puede comprender a Rabelais: se ha vuelto preciosa. Lo que es terrible, es que las cosas podrían haber sido al revés, la lengua de Rabelais podría haberse convertido en la lengua francesa.
Pero ya no quedan más que lacayos, que perciben al amo y quieren hablar como él. ¡Viva el inglés, la discreción insulsa!
Con Rabelais, me dirá usted, puede verse un poco el sistema: sí, ese tipo que fue acosado por la persecución católica, que atacaba abiertamente a los poderosos. Sí, lo que él hacía era sospechoso.
Eso es lo esencial de lo que yo quería decir. El resto (imaginación, poder de creación, comicidad, etc.) no me interesa. La lengua, nada más que la lengua. Eso es lo importante. El resto de lo que se pueda decir está en todos lados. En los manuales de literatura, y después lea la Enciclopedia. Si quiere más, vaya a preguntarles a todos esos grandes escritores que tienen “ideas sobre Rabelais”. ¡Ah! conozco algunos que se agarrarían la cabeza con las manos y le dirían muy serios: “¡Rabelais, qué prodigioso inventor de palabras!”. No son más que charlatanes.
Quédese sobre todo con lo que es interesante en Rabelais: su intención un poco demagógica de atraer al público hablando como él. Rabelais era médico y escritor como yo. Eso se ve, la crudeza justa. Por otro lado era un buen anatomista y, cosa prodigiosa para la época, ya operaba. Incluso inventó un aparato quirúrgico.
No debía creer mucho en Dios, pero no osaba decirlo. Por lo demás, no terminó mal, no fue al suplicio. El suplicio vino después, cuando academizaron el francés que él hablaba para hacer una literatura de escuela secundaria y de diplomas.
Como dice Robert Poulet, hicieron un francés flaco cuando en realidad había un francés gordo. Peor: esquelético. Incluso Balzac no resucitó nada. Es la victoria de la razón.
¡La razón! Hay que estar loco. No se puede hacer nada con eso, todo emasculado. Me hacen reír. Mire lo que les molesta: que no se pueda hacer un bebé “razonablemente”. No hay nada que hacer. Es necesario un momento de delirio para la creación.
Pero no, en literatura, hay que mantenerse limpio. Entonces hoy meten líneas de puntos suspensivos cuando pasa alguna cosa y luego todo continúa tranquilamente: “al día siguiente los dos fueron invitados a la recepción de la duquesa”. ¡Oh! no recomiendo la erotología, eso me repugna, pero lo que es terrible es ese lenguaje demasiado limpio.
Lo que, en efecto, está muy bien en Rabelais es que se jugaba el pellejo, arriesgaba. La muerte lo rondaba, ¡y la muerte inspira!, es más: es la única cosa que inspira, yo lo sé, cuando está ahí, justo detrás. Cuando la muerte está enojada.
No era un bon vivant, Rabelais, se dice eso, es falso. Trabajaba. Y, como todos aquellos que trabajan, era un galeote. Les hubiera gustado agarrarlo, condenarlo. Otras galeras, las del papa, existieron, es verdad. Y ahí, era necesario que los tipos remaran, que aunaran fuerzas, como diría M. Duhamel.
Bardamu, mi héroe en el Voyage, también diría eso. ¡Ah! los imperfectos del subjuntivo…
En mi vida tuve el mismo vicio que Rabelais. Yo también me la pasé metiéndome en situaciones desesperadas. Al igual que él, nunca esperé nada de los otros. Al igual que él, no me arrepiento de nada.

Una entrevista sobre Gargantúa y Pantagruel para El Mejor Libro del Mes.
Traducción: M. Dupont

jueves, 9 de diciembre de 2010

Barthes y la China

Por Simon Leys
 
En abril de 1974, Roland Barthes hizo un viaje a China con un pequeño grupo de sus amigos de Tel Quel. Esta visita había coincidido con una purga colosal y sangrienta, que el régimen maoísta desencadenó en todo el país – la siniestramente famosa “campaña de denuncia de Lin Biao y Confucio” (pi Lin pi Kong).
A su regreso, Barthes publicó en Le Monde un artículo que daba una visión curiosamente jovial de esta violencia totalitaria: “Su nombre mismo, en chino Pilin-Pikong, tintinea como un alegre cascabel, y la campaña se divide en dos juegos inventados: una caricatura, un poema, un sketch de niños en el transcurso del cual, de repente, una niñita maquillada corta entre dos ballets el fantasma de Lin Biao: el Texto político (pero únicamente él) engendra estos mismos happenings.”
En esa época esta lectura me trajo a la memoria un pasaje de Lu Xun – el panfletista chino más genial del siglo XX: “Nuestra civilización china tan elogiada no es más que un festín de carne humana condimentada para los ricos y los poderosos, y eso que llaman China no es más que la cocina en la que se elabora minuciosamente ese guiso. Los que nos alaban sólo pueden ser disculpados en la medida en que no saben de qué hablan, como hacen esos extranjeros que por su encumbrada posición y su existencia acomodada se volvieron completamente ciegos y obtusos.”
Dos años más tarde, el artículo de Barthes se reeditó en una plaqueta de lujo exclusiva para bibliófilos – con el agregado de un postfacio que me inspiró la siguiente nota: “(…) El señor Barthes nos explica aquí en qué consiste la contribución original de su testimonio (que algunos groseros fanáticos habían entendido muy mal en ese entonces): se trataba, nos dice, de explorar un nuevo modo de comentario, ″el comentario de tono no comment″ que sea una manera de ″suspender nuestra enunciación sin llegar a abolirla″. El señor Barthes, que ya tenía muchos títulos en la consideración de la gente culta, acaba tal vez de adquirir uno que le valdrá la inmortalidad, convirtiéndose en el inventor de esta inaudita categoría: el ″discurso ni asertivo, ni negador, ni neutro″, ″las ganas de silencio en forma de discurso especial″. Por este descubrimiento cuyo alcance no se revela de entrada, Barthes llega de hecho - ¿se dan cuenta de ello? – a investir con una dignidad enteramente nueva, a la vieja actividad, tan injustamente desvalorizada, del hablar-para-no-decir-nada. En nombre de las legiones de las ancianas señoras que, todos los días de cinco a seis, parlotean en los salones de té, queremos darle las gracias de manera emotiva. Por último, en este mismo postfacio, y sin duda es algo por lo que muchos deberán estarle agradecidos, el Sr. Barthes define con audacia lo que debería ser el verdadero lugar del intelectual en el mundo contemporáneo, su verdadera función, su honor y su dignidad: se trata, según parece, de mantener con coraje, hacia y contra todos la ″sempiterna parada del Falo″ de la gente comprometida y otros pérfidos defensores del ″sentido brutal″, ese chorreo exquisito de una canillita de agua tibia.“
Y ahora este mismo editor nos entrega el texto de los cuadernos en los que Barthes había consignado día a día los diversos acontecimientos y experiencias de este famoso viaje. ¿Esta lectura podría llevarnos a revisar nuestra opinión?
En estos cuadernos, Barthes anota en fila india, y muy escrupulosamente, toda la interminable perorata de propaganda que le sirven en el transcurso de sus visitas a la comunas agrícolas, a las fábricas, escuelas, jardines zoológicos, hospitales, etc.: “Legumbres: en el último año, 230 millones de libras + manzanas, peras, uva, arroz, maíz, trigo; 22000 cerdos + patos (…) Trabajos de irrigación. 550 bombeos eléctricos; mecanización: tractores + 40 monocultivos (…) Transportes: 110 camiones, 770 tiros de carros; 11000 familias = 47 000 personas (…) = 21 brigadas de producción, 146 equipos de producción”… Estas valiosas informaciones llenan 200 páginas.
Están mezcladas con breves anotaciones personales, muy elípticas: “Almuerzo: ¡sorpresa, papas fritas! – Olvidé de lavarme las orejas – Meaderos – Lo que extraño: no hay café, no hay ensalada, no hay flirts – Migrañas – Náuseas.” El cansancio, la monotonía, el aburrimiento cada vez más abrumador apenas si están matizados por escasos rayos de sol – por ejemplo un tierno y largo apretón de manos que le concede un “lindo obrero”.
¿El espectáculo de este inmenso país aterrorizado e idiotizado por la rinoceritis maoísta anestesió completamente su capacidad de indignación? No, pero se la guardó para denunciar la detestable comida que Air France le sirvió en el avión de regreso: “El almuerzo de Air France es tan repugnante (pancitos como peras, pollo informe en salsa con olor a fritanga, ensalada coloreada, repollo con fécula chocolateada – ¡y nada de champagne!) que ya estoy a punto de escribir una carta para protestar.” (El subrayado es mío.)
Pero no seamos injustos: cada uno de nosotros anota una montaña de tonterías para nuestro uso privado; no se nos puede juzgar sino por las tonterías que usamos públicamente. Sea lo que sea que pensemos de Roland Barthes, nadie podría negar que tenía ingenio y gusto. Y que también se abstuvo de publicar estos cuadernos. Entonces, ¿quién cuerno tuvo la idea de esta exhumación lamentable? Si esta extraña iniciativa proviene de sus amigos, esto me recuerda entonces el llamado de atención de Vigny: “Un amigo no es más malo que cualquier otro hombre.”
En el último número del Magazine Littéraire, Philippe Sollers estima que estos cuadernos reflejan la virtud que celebraba George Orwell, “la decencia ordinaria”. Al contrario a mí me parece que, en lo que allí se calla, Barthes manifiesta una indecencia extraordinaria. De todas maneras esta comparación me parece incongruente (la “decencia ordinaria” según Orwell se basa en la sencillez y el coraje; Barthes tenía por cierto cualidades, pero no ésas). Ante los escritos “chinos” de Barthes (y de sus amigos de Tel Quel), me viene a la memoria esta cita de Orwell: “Usted debe formar parte de la intelligentsia para escribir semejantes cosas; ningún hombre común podría ser tan estúpido.”

Esta lectura de Simon Leys fue publicada en La Croix del 9 de febrero del 2009 y es un comentario a la publicación del Diario de mi viaje a China de Roland Barthes. 
Traducción: Hugo Savino

martes, 30 de noviembre de 2010

La Exposición de los Independientes

Por Arthur Cravan


Los pintores –son 2 o 3 en Francia– tienen verdaderamente pocas representaciones, y me puedo imaginar fácilmente su agonía cuando, durante largos meses, no aparecen en público. Ésa es una de la razones por las que acabo de engrosar el número de espectadores que van al Salón de los Independientes; aunque la mejor sea el profundo asco por la pintura que me llevaré cuando salga de la exposición, y ése es un sentimiento que a menudo no podemos desarrollar demasiado. ¡Dios mío, cómo han cambiado los tiempos! Tan cierto como que soy una persona alegre, prefiero sencillamente la fotografía al arte pictórico y la lectura del Matin a la de Racine. Para ustedes, esto exige una pequeña explicación que me apresuro a dar. Por ejemplo, hay tres categorías de lectores de periódicos: primero, el iletrado, que no sabría disfrutar para nada la lectura de una obra de arte; luego, el hombre superior, el hombre instruido, el señor distinguido, sin imaginación, que recorre el periódico porque desea las ficciones de los otros; por último, el hombre o el animal con temperamento que aprecia la lectura del periódico y que se burla de la sensibilidad de los maestros. Del mismo modo, hay tres tipos de amantes de la fotografía. Es absolutamente imprescindible meterse en la cabeza que el arte es de los burgueses, y entiendo por burgués: un hombre sin imaginación. De acuerdo; pero entonces, ¿me permitiría usted preguntarle por qué, si desprecia la pintura, se toma el trabajo de hacer un crítica de ella?
Es muy simple: escribo para hacer enojar a mis colegas; para que hablen de mí e intentar hacerme un nombre. Con un nombre uno tiene éxito con las mujeres y en los negocios. Si tuviera el prestigio de Paul Bourget me mostraría todas las noches en taparrabos en una pieza de music-hall y les garantizo que sería un éxito de taquilla. Mi pluma puede darme aún la ventaja de pasar por un conocedor que, a los ojos de la masa, es alguien para envidiar, porque es bastante cierto que no hay más de dos personas inteligentes que frecuenten el Salón.
Con lectores tan intelectuales como los míos, estoy obligado a explicarme una vez más y decir que considero a un ser inteligente solamente cuando su inteligencia tiene un temperamento, considerando que un hombre verdaderamente inteligente se parece a un millón de hombres verdaderamente inteligentes. Para mí, pues, un hombre fino o sutil es casi siempre un idiota.

El salón, visto desde afuera, me gusta, con sus carpas que le dan un aspecto de circo montado por algún Barnum; pero algunas jetas sucias de artistas van a llenarlo: ya van a llegar, ya van a llegar: pintorzuelos con el cabello largo, literatos con el cabello largo; pintorzuelos con el cabello corto, literatos con el cabello corto; pintorzuelos mal vestidos, literatos mal vestidos; pintorzuelos bien vestidos, literatos bien vestidos; pintorzuelos de aspecto sucio, literatos de aspecto sucio; pintorzuelos de aspecto elegante… no hay… no hay; pero hay artistas, ¡por Dios santo! En la calle no se verán más que artistas y será dificilísimo reconocer a un hombre. Están por todos lados: los cafés están llenos, nuevas academias de pintura abren todos los días. Con respecto a esto, siempre me pregunté cómo es que un profesor de pintura, si no enseña la copia a un cerrajero, haya podido, desde que el mundo existe, encontrar un solo alumno. La gente se burla de los clientes de los quirománticos y de los cartománticos y nunca ironiza sobre los ingenuos que frecuentan las academias de pintura. ¿Se puede aprender a dibujar, a pintar, a tener genio o talento? Y sin embargo, vemos en esos ateliers a grandulones de treinta, e incluso cuarenta años, y, ¡Dios me perdone!, tutús de 50 años, sí, ¡Dios mío!, ¡pobres fofos de 50 años! También hay jóvenes americanos de un metro noventa, de hombros felices, que saben boxear y que vienen de regiones regadas por el Misisipi, en el que nadan negros con hocicos de hipopótamos; de tierras en las que chicas hermosas con duras nalgas montan a caballo; que vienen de una Nueva York llena de rascacielos, de una Nueva York al borde del Hudson en el que duermen los torpederos cargados como las nubes. Hay también americanas frescas, ¡oh, pobres rascacielas!
Se me podría objetar que los pintores encuentran en las academias calor en invierno y un modelo. El modelo para un verdadero pintor es la vida. De todas maneras, de aquí se ve si el modelo profesional está más vivo que los yesos que copian en la Escuela de Bellas Artes; pero los clientes de la academia Matisse se burlan de los academicistas de Bellas Artes; piensen entonces: hacen pintura avanzada. Es cierto que hay entre éstos algunos que creen que el arte es superior a la naturaleza. ¡Sí, querido!
Me sorprende que un estafador del espíritu no haya tenido la idea de abrir una academia de literatura.
Penetremos en la exposición, como diría un crítico obediente. (Por mi lado, soy un cerdo.)
999 telas de 1000 figuraban con honor en el Salón de Artistas Franceses, en la Nacional o en el Salón de Otoño. El mismo Cézanne, con sus naturalezas muertas, y Van Gogh, con su tela que representa libros, estarían incluso muy bien en el Salón de Otoño. Se han burlado tanto de los pintores que utilizan pomada, vaselina y jabón para hacer cuadros, que no insistiré sobre este tema, y si cito un montón de nombres, solamente es por malicia y la única manera de vender mi número, porque si digo que Tavernier, por ejemplo, es el peor de los fracasados, y si cito a ese taradito de Zac en la mitad de una lista interminable de mediocres, los dos me comprarán, junto con los otros, por el simple placer de ver sus nombres impresos. Por otro lado, si yo fuera citado, haría lo mismo que ellos.
Hay un falso Roybet, un falso Chabas, falsos primitivos, un falso Cézanne, un falso Gauguin, un falso Maurice Denis y un falso Charles Guérin. ¡Esos queridos Maurice Denis y Charles Guérin! Cómo me gustaría darles una patada en el culo, ¡Ah! ¡Por Dios y la Virgen! Qué falso ideal el de Maurice Denis. Pinta mujeres y niños desnudos en la naturaleza, algo que no se ve nunca por estos días. Delante de sus telas, como decía un amigo mío, Edouard Archinard, se diría que los niños se crían solos y que ponerles suelas nuevas a los zapatos no cuesta nada. Qué lejos estamos de los accidentes de ferrocarril: Maurice Denis debería pintar en el cielo, porque ignora el esmoquin y el olor a pata. No me parece para nada audaz pintar a un acróbata o a una persona cagando, ya que, por el contrario, considero que una rosa hecha con novedad es mucho más demoníaca. En el mismo orden de ideas, siento el mismo desprecio por un imitador de Carolus Duran que por uno de Van Gogh. El primero es más ingenuo y el segundo tiene más cultura y buena voluntad: dos cosas bien deplorables.
Lo que dije de Maurice Denis es casi lo mismo que podría decirse de Charles Guérin y no insisto más.
Lo que sobresale sobre todo en el Salón es el lugar que ha tomado la inteligencia entre los llamados artistas. En principio, considero que la primera condición de un artista es saber nadar. Igualmente pienso que el arte, como el misterio del estilo de un luchador, se asienta más bien en el vientre y no en el cerebro, y por eso me exaspero cuando me encuentro delante de una tela y lo único que veo, cuando evoco al hombre, es una cabeza erguida. ¿Dónde están las piernas, el bazo y el hígado?
Es por eso que no puedo sentir más que asco por la pintura de un Chagall o Chacal, que nos muestra a un hombre echando petróleo en el agujero del culo de una vaca. La verdadera locura en sí misma no puede gustarme porque pone en evidencia un cerebro mientras que el genio no es más que una manifestación extravagante del cuerpo.
Henri Hayden. Si hablo primero de este pintor es porque el sombrero de madame Cravan sirvió para su confección. Confección, en realidad, de ese cuadro. Todo está mal hecho, es desagradable, aplastado por el cerebralismo. Prefería permanecer dos minutos bajo el agua que frente a ese cuadro: me ahogaría menos. Los valores están dispuestos para que queden bien, cuando en una obra que surge de una visión los valores no son más que los colores de una bola luminosa. Aquel que ve la bola no tiene necesidad de remodelar sus valores porque serán siempre falsos. Hayden no ha visto la bola, porque al menos hay diez cuadros en su tela.
Un buen consejo: tómese algunas píldoras y purgue su espíritu; coja mucho o entrénese a ultranza: cuando tenga cincuenta centímetros de perímetro de brazos tal vez se convierta finalmente en un animal, si está dotado.
Loeb. Su envío da la impresión de trabajo y no de pintura.
Morgan Russell intenta esconder su impotencia detrás de los procedimientos del sincronismo. Yo ya había visto sus telas convencionales, con sus colores asquerosos y repulsivos, en su exposición en Bernheim Jeune. No encuentro en él ningún mérito. Chagall tiene, a pesar de todo, cierta ingenuidad y un cierto color. Quizá sea un inocente, pero un inocente muy chiquito. Charmier no vale nada. Frost, nada. Per Krogh es un viejo tramposo que quiere hacerse pasar por un viejo naïf. Alexandra Exter es uno de esos pobres artistas a los que les iría cien veces mejor exponiendo en Artistes Français, porque un Bouguereau cubisteado es a pesar de todo un Bouguereau. Laboureur, sus telas, aunque también desagradables, tienen algo de vida, sobre todo esa que muestra un café con los jugadores de billar; pero el placer que proporciona mirarla no es inmenso, porque no es lo suficientemente diferente. Boussingault, he visto eso por todos lados. Kesmarky es horrible, ¡sí marqués! Einhorna, Lucien Laforge, Szobotka, Valmier, cubistas sin talento. Suzanne Valadon conoce bien las recetitas, pero simplificar no es volver algo simple, ¡vieja inmunda! Tobeen. ¡Ah, ah! Hum… ¡hum! Mi querido Tobeen (no lo conozco a usted, pero eso no importa), si Fulano de tal lo vuelve a citar en la “Rotonde”, déjelo plantado. Su pintura tiene algo (esto es amable), pero se percibe que ella le debe todavía bastantes cosas a las pequeñas discusiones sobre estética en los cafés. Todos sus amigos son unos cretinos (esto es desagradable, por ejemplo). ¡Hágame el favor de tirar a la basura toda esa dignidad! Vaya a correr por el campo, atraviese las planicies a galope tendido como un caballo; salte a la cuerda y, cuando tenga seis años, ya no sabrá nada y verá cosas extraordinarias. André Ritter envía una porquería negra. Aquí tenemos uno que es obsceno sin percatarse de que lo es. Ermein, otro estúpido. Shmalzigaug nos hace pensar que el futurismo (no sé si su tela es precisamente futurista) tendrá el mismo defecto que la escuela impresionista: la sensibilidad única del ojo. Se diría que es una mosca, una mosca frívola que ve la naturaleza y no una mosca que se embriaga con mierda, porque lo que es olor o sonido está siempre ausente, así como todo lo que parece imposible de meter en pintura y que es justamente todo.

Haber hablado tanto de Schmalzigaug no quiere decir que considere que su tela es una obra maestra, lejos de eso. Mlle Hanna Koschinski, demasiado Kochonski. ¡Pobre rusa! Marval expone un cuadro encantador. Sé que muchas personas preferirían que les dijeran que sus telas son diabólicas. Pero ¿saben ustedes toda la substancia que contienen las palabras “adorable” y “encantador”? Me haré comprender si digo que no encuentro encantadoras las flores de la nacional Madeleine Lemaire. Flandrin tiene cierto talento. Es evidente que el genio no sopla como un huracán en sus telas, barriendo los trigales y los árboles. Su pintura emana la regla general y no la regla personal, pero bien nos gustaría ver a los Gleizes y Metzinger dar algo semejante en sus cuadros cubistas. Marya Rubezac, insignificante en una de sus telas. Kulbin es la impostura.
Hassenberg, qué desagradable que es. Alice Bailly, hay alegría en su envío Le Patinage au Bois y eso ya es mucho. Yo esperaba algo horrible, porque Mlle Bailly nunca se casó. Arthur Cravan, si no hubiera estado pasando por un período de pereza, habría enviado una tela con este título: El campeón del mundo en el burdel. De la Fresnaye, yo ya había puesto el ojo en su envío al Salón de Otoño, porque su tela tenía vida. Estoy dispuesto a darle cien francos a aquel que pueda mostrarme veinte telas con vida en una exposición. Esta vez esta prodigiosa cualidad ha desaparecido en su mayor parte. (Estoy obligado a advertir a mis lectores que sólo vi dos de las tres telas que tenía que enviar, ya que la otra todavía no había llegado.) Ignoro si la crítica del judío Apollinaire –no tengo ningún prejuicio contra los judíos, y la mayoría de las veces prefiero un judío a un protestante– le provocó incertidumbre, cuando esta especie de Catulle Mendès declaró en una de sus críticas que era el discípulo de Delaunay. ¿Se habrá creído semejante patraña?
Sus dos naturalezas muertas tienen un poco la misma sequedad de aspecto de la tipografía de las tapas de los libros de M. Gide. No sé absolutamente nada de M. de la Fresnaye, ignoro qué ambientes frecuenta, pero estoy convencido de que son malos. Su nombre me dice que es noble y su pintura, que es distinguido. La distinción limita a un lado con la cretinocracia y al otro con la nobleza. Está, pues, en el medio, y como todas las cosas que están en el medio, es la mediocridad. Todo noble lleva un cretino adentro y todo cretino, un noble, porque son los dos extremos. Confinada, la distinción sólo puede ser ella misma y pertenece a los talentos. Le falta, así, a M. de la Fresnaye el último juego del color y de la libertad suprema. Este artista no debe ser uno de esos que, habiendo terminado una obra maestra, piensan: no terminé de reír. Metzinger, un fracasado que se colgó del cubismo. Su color tiene acento alemán. Me asquea. K. Malevitch, la impostura. Alfred Hagin, triste, triste. Peské, ¡qué feo que eres! Luce no tiene ningún talento. Signac, no digo nada de él porque ya se ha dicho muchísimo sobre su obra. Que sepa solamente que pienso muy bien de él. Deltombe, ¡qué imbécil! Aurora Folquer, ¿y tu hermana? Puech, la Rose rose: ¡cállate, malvada! Marcousis, la insinceridad, pero delante de sus telas cubistas se percibe que hay algo, pero ¿qué? La belleza, ¡pedazo de idiota! Robert Lotiron, quizá. Gleizes no es tampoco el salvador, porque a los cubistas les faltaría un genio para pintar sin trucajes y sin procedimientos. No creo incluso que Gleizes tenga algún talento. Es muy molesto para él, pero es así. Quizá piensen que tengo prejuicios contra el cubismo. De ninguna manera: prefiero todas las excentricidades de un espíritu por más que sea banal antes que las obras insípidas de un imbécil burgués. A. Kristians es un imitador y no un discípulo de Van Dongen.
A Kistein, pobrecito mío, le erraste fiero. Von Dongen, según su costumbre desde hace algunos años, envía lo peor que tiene al Salón. Van Dongen ha hecho cosas admirables. Lleva la pintura en la piel. Cuando hablo con él y lo miro, imagino que sus células están llenas de color, que incluso su barba y sus cabellos acarrean el color verde, el amarillo, el rojo o el azul por sus canales. Mi amor me hará escribir más tarde un artículo entero sobre él, por eso hoy digo tan poco.
De Segonzac, no he visto su envío. A juzgar por sus últimas telas, este pintor, que había dado ciertas promesas en sus comienzos, ya no hace más que canalladas. Kipling, no he visto su envío e ignoro hasta la ortografía correcta de su nombre. Me dijeron que tiene talento, pero me guardo la opinión. Comprenderán que me es imposible ver todo de una sola vez. En el próximo número no omitiré llamar la atención sobre el desconocido que hubiera podido descubrir. Es difícil guiarse debajo de las carpas cuando las telas no están todavía colgadas: uno da vuelta algunas de ellas en una sala y, como sólo ve horrores, se imagina, quizá equivocadamente, que el mirlo blanco no puede estar nunca ahí, de que hay mil probabilidades contra una de que se encuentre en cualquier lado menos en la sala de honor, ya que en la Exposición de los Independientes hay cosas tan repugnantes como una sala de honor. Szaman Mondszain, parece que me emborraché en compañía de este artista; pero ya no me acuerdo –dicen que yo estaba borracho como una cuba. Lo cierto es que este compañero olvidado le rogó a mi mujer que hablara de él y, como él le hizo ciertas zalamerías, me apresuro a obedecer. No descubrí su tela: ¡por suerte! Robert Delaunay, estoy obligado a tomar algunas precauciones antes de hablar de él. Nos hemos peleado y no quiero que él ni nadie piensen que mi crítica ha sido influenciada por eso. No me ocupo de odios ni de amistades personales. Es una gran virtud que en la hora actual, en la que la crítica sincera es prácticamente inexistente, encuentra una excelente inversión y quizá muy buenos rendimientos. Si hablo mucho del hombre y ciertos detalles los escandalizan, les aseguro que esta manera de actuar es completamente natural, ya que es mi modo de ver las cosas.
Una vez más, debo reconocer que no vi su pintura. Parece que Delaunay tiene la costumbre de enviar sus telas el último día para joder a la crítica, cosa en la que estoy de acuerdo. Aquel que escribe en serio una línea sobre pintura es lo que yo pienso que es.
Creo que ese pintor se ha echado a perder. Digo “se ha echado a perder”, aunque creo que ésa es una proeza irrealizable. M. Delaunay, que tiene una jeta de cerdo asado o de cochero de una mansión, podría ambicionar, con una cabeza semejante, hacer pintura de animal. El exterior era prometedor, el interior valía poca cosa. Probablemente exagero si digo que la apariencia fenomenal de Delaunay tiene algo de admirable. Con respecto al físico, es un queso blando: corre con dificultad y a Robert le cuesta arrojar una piedra a treinta metros. Estarán de acuerdo en que no es famoso. A pesar de todo, como decía más arriba, tiene la jeta a su favor: una cara de una vulgaridad tan provocante que da la impresión de ser un pedo rojo. Por desgracia para él –ustedes comprenden bien que me es indiferente que tal o cual tenga o no talento–, se casó con un rusa, sí, ¡por Dios y la Virgen!, una rusa, pero una rusa a la que no osa engañar. Por mi lado, yo preferiría hacer cosas feas con un profesor del Collège de France –con Monsieur Bergson, por ejemplo– antes que acostarme con la mayoría de las mujeres rusas. No quiero decir que no fornicaría una vez con Madame Delaunay, ya que, como la mayoría de los hombres, nací coleccionista y, en consecuencia, me daría una satisfacción cruel deshonrar a una maestra de jardín de infantes, más aún cuando, en el momento de romperla, tendría la impresión de estar rompiendo una lente de vidrio.
Antes de conocer a su mujer, Robert era un asno; tenía, quizá, todas las cualidades: era gritón, amaba los cardos, revolcarse en la hierba, y miraba con grandes ojos estupefactos el mundo que es tan bello sin pensar si era moderno o antiguo, confundiendo un poste telegráfico con un vegetal y creyendo que una flor era un invención. Desde que está con la rusa, sabe que la Torre Eiffel, el teléfono, los automóviles, un aeroplano son cosas modernas. Y bueno, saber mucho le ha hecho mucho mal a este simplón, no porque los conocimientos puedan arruinar a un artista, pero un asno es un asno y tener temperamento es imitarse. Veo así una falta de temperamento en Delaunay. Cuando se tiene la oportunidad de ser un animal, hay que saber seguir siéndolo. Todo el mundo comprenderá que prefiero un San Bernardo gordo y astuto a la señorita Perendengue, que puede ejecutar los pasos de la gavota, y, de igual modo, un amarillo a un blanco, un negro a un amarillo y un negro boxeador a un negro estudiante. Madame Delaunay, que es muy ce-re-braaal, si bien tiene menos conocimiento que yo, lo que no es poco decir, le ha llenado la cabeza de principios que ni siquiera son extravagantes, sino simplemente excéntricos. Robert ha tomado una lección de geometría, una de física y otra de astronomía y ha mirado la luna por el telescopio haciéndose el sabio. Su futurismo –no digo esto para vejarlo, porque creo que casi toda la pintura que vendrá derivará del futurismo, al que le falta igualmente un genio, ya que los Carrà o Boccioni son ceros a la izquierda– tiene la gran cualidad del tupé –como su jeta–, aunque su pintura tiene los defectos del apuro de querer ser cueste lo que cuesta el primero.
Olvidaba decirles que en la vida se esfuerza por imitar la pequeña existencia del aduanero Rousseau.
Ignoro si vendrá a esta exposición ataviado de un sobretodo rojo como en el Salón de Otoño, algo que no es de alguien vivo sino de un muerto, considerando que hoy en día todos los hombres son negros y que la moda es la expresión de la vida.
Marie Laurencin (no he visto su envío). He ahí una que necesitaría que le levanten la pollera y le metan una gran… en alguna parte para que aprenda que el arte no es una pose delante del espejo. ¡Oh, amanerada! (¡Cierra el pico!) La pintura es caminar, correr, beber, comer, dormir y hacer las necesidades. Por más que usted diga que soy un cretino, es así.
Ultrajar al Arte es decir que para ser un artista hay que comenzar por beber y comer. No soy una realista y el arte está felizmente fuera de todas esas contingencias (¿y tu hermana?).
El Arte, con mayúsculas, es por el contrario, querida señorita, literariamente hablando, una flor (¡oh, mi chiquita!) que sólo se abre en medio de las contingencias, y no caben dudas de que un sorete es tan necesario a la formación de una obra de arte como el pestillo de su puerta, o, para encender vivamente su imaginación, como la rosa que languidece deliciosamente, que expira adorablemente mientras larga su perfume y desfallecen sus pétalos rosados sobre el mármol de Paros virginalmente empalidecido de su delicadamente tierna y artística chimenea (¡cómo se menea!).

Arthur Cravan


P.S. – No pudiéndome defender en la prensa contra las críticas que han insinuado hipócritamente que me asemejo a Apollinaire o a Marinetti, les advierto que, si empiezan de nuevo, les voy a retorcer los órganos sexuales.

Uno de ellos le decía a mi mujer: “Qué quiere usted, el señor Cravan no anda lo suficiente con nosotros”. Que lo sepan de una vez por todas: no quiero civilizarme.

Por otro lado, debo informarles a mis lectores que recibiré con placer todo lo que consideren que estaría bien enviarme: frascos de mermelada, órdenes de arresto, licores, estampillas de todos los países, etc., etc. En cualquier caso todos los regalos me harán reír.

  1. C.

1er CIERRE DE UN INCIDENTE

Después de mi artículo sobre “La Exposición de los Independientes”, muchas personas, injuriadas por mí, se consideraron gravemente ofendidas, entre otros el judío Apollinaire, a quien yo había tratado de “jude” y que me envió sus testigos. He aquí el proceso verbal que derivó de esos hechos.

París, 7 de marzo de 1914

En un artículo de su revista Maintenant, el señor Arthur Cravan escribió: “el judío Apollinaire”. Nuestro amigo Guillaume Apollinaire, que por nada del mundo es judío, nos rogó que fuéramos a lo del señor Cravan para rogarle que rectificara su error. El señor Cravan nos respondió. He aquí su carta concerniente a nuestra misión:
“No porque tenga miedo del gran sable de Apollinaire, sino porque tengo muy poco amor propio, estoy dispuesto a hacer todos las rectificaciones del mundo y a declarar que, contrariamente a lo pude dar a entender en mi artículo sobre ‘La Exposición de los Independientes’, aparecido en mi revista Maintenant, el señor Apollinaire no es judío, sino católico romano. A fin de evitar en el futuro errores siempre posibles, agrego que el señor Apollinaire, que tiene una gran barriga, se parece más a un rinoceronte que a una jirafa y, con respecto a la cabeza, se acerca más al tapir que al león, al buitre que a la cigüeña de largo cuello.
A fin de poner las cosas en su lugar y aprovechando esta ocasión, insisto en rectificar una frase cuyo espíritu podría prestarse a un malentendido. Cuando digo, hablando de Marie Laurencin: ‘He ahí una que necesitaría que le levanten la pollera y le metan una gran… en alguna parte…’, insisto en que se lea al pie de la letra: ‘He ahí una que necesitaría que le levanten la pollera y le metan una gran astronomía en el Teatro de Varietés’.”

Arthur Cravan


Habiéndose contentado con estas explicaciones el judío Guillaume Apollinaire, acusamos recepción de su carta a M. Cravan, y, como habíamos convenido con él, la consignamos en el presente proceso verbal.

2do CIERRE DE UN INCIDENTE

Habiendo tratado a Mme. Suzanne Valadon de vieja inmunda en mi artículo sobre “La Exposición de los Independientes” aparecido en mi revista Maintenant, le aclaro al público que, contrariamente a mi afirmación, Mme. Suzanne Valadon es una virtud.


Anexo

1er CIERRE DE UN INCIDENTE

París, 6.3.1914

Señor,

Como tengo muy poco amor propio, declaro que, contrariamente a lo que pude dejar entender en mi artículo sobre “La Exposición de los Independientes”, aparecido en mi revista Maintenant, Monsieur Apollinaire no es judío, sino católico romano. A fin de evitar todos los errores posibles, agrego que M. Apollinaire no es flaco, que tiene, por el contrario, una gran barriga, y que se parece más a un rinoceronte que a una jirafa.
Por el mismo motivo, insisto en rectificar una frase que escribí sobre Mlle. Marie Laurencin: ya que dije: ‘He ahí una que necesitaría que le levanten la pollera y le metan una gran… en alguna parte…’, insisto esencialmente que se lea al pie de la letra: ‘He ahí una que necesitaría que le levanten la pollera y le metan una gran paleontología en el Teatro de Varietés’.
Señor, considéreme arrodillado a sus pies.

Fuente: Arthur Cravan, Maintenant. Seguido de crónicas y testimonios, Caja negra editora, Buenos Aires, 2010.
Traducción: M. Dupont

En caliente

Por Louis-Ferdinand Céline


En 1948, Céline, habiéndose enterado de que Sartre, en Retrato de un antisemita (Les Temps Modernes, diciembre de 1945, texto recogido más tarde en un volumen de Gallimard bajo el título Reflexiones sobre la cuestión judía), había escrito: “Si Céline pudo sostener las tesis socialistas de los nazis es porque le pagaron”, escribió este panfleto como respuesta. Se lo envió a Jean Paulhan, que no lo publicó, y luego a Albert Parraz, que lo reprodujo el final de su libro Le Gala des vaches, donde pasó desapercibido. Costeada por sus amigos, fue impresa una edición de 200 ejemplares. (P.  Lanauve de Tartas, París, s. f).

No leo mucho, no tengo tiempo. ¡Demasiados años perdidos en tantas tonterías y en prisión! Pero me presionan, me ruegan, me molestan. Es imperioso que lea, parece, una suerte de artículo, el Retrato de un antisemita, de Jean-Baptiste Sartre (Les Temps Modernes, diciembre 1945). Recorro esa larga tarea, le echo un vistazo, no es ni bueno ni malo, es nada, pastiche… “A-la-manera-de”… Ese enano de J.-B. S. leyó l’Etourdi, l’Amateur de Tulipes, etc. Quedó prendado, evidentemente, no sale más… ¡Siempre en la escuela este J.-B. S.! siempre con los pastiches, “A-la-manera-de”… También a la manera de Céline… y de muchos otros… “Putas”, etc. “Cabezas de recambio”… “Maïa”… Nada grave, por cierto. Arrastro en el culo una buena cantidad de esos “A-la-manera-de”… ¿Qué puedo hacer? Sofocantes, rencorosos, cagones, traidores, semisanguijuelas, semitenias, no me hacen ningún honor, no hablo nunca de ellos, eso es todo. Progenie de la sombra. ¡Decencia! ¡Oh! No le deseo ningún mal al enano J.-B. S. ¡Su destino ya es bastante cruel! Ya que se trata de una tarea, yo le habría dado con gusto siete de veinte y no se habría hablado más del asunto… ¡Pero en la página 462 el soretito me desconcierta! ¡Ah! ¡El maldito culón podrido! ¿Qué osa escribir? “Si Céline pudo sostener las tesis socialistas de los nazis es porque le pagaron.” Textual. ¡Epa! Eso es lo que escribía ese pequeño escarabajo mientras yo estaba en prisión corriendo gran peligro de que me colgaran. ¡Maldita lacra atiborrada de mierda, salís de mi culo y me ensuciás! Ano de Caín. ¿Qué querés? ¿Que me asesinen? ¡Es evidente! ¡Aquí! ¡Cómo te aplastaría! ¡Sí!… Lo veo en una foto… esos ojos grandes… esa tricota de crochet… esa babosa con ventosas… ¡es un cestodo! ¡Qué no inventaría este monstruo para que me asesinen! ¡No termina de salir de mi caca y ya me está denunciando! Lo más fuerte está en la página 451: “Un hombre que encuentra natural denunciar a los hombres no puede tener nuestra concepción del honor, incluyo a aquellos de los que él se vuelve benefactor, él no los ve con nuestros ojos, su generosidad, su dulzura, no son parecidas a nuestra dulzura, a nuestra generosidad, no podemos localizar la pasión”.
En mi culo, en donde se encuentra, no se le puede pedir a J.-B. S. que vea bien o que se exprese con claridad, J.-B. S. parece sin embargo haber previsto el caso de la soledad y de la oscuridad en mi ano… J.-B. S. habla evidentemente de sí mismo cuando escribe en la página 451: “Este hombre teme cualquier tipo de soledad, tanto la del genio como la del asesino”. Comprendamos qué quiere decir… Basándose en la fe de los semanarios J.-B. S. no se ve sino como un genio. Por mi lado, y basándome en sus propios textos, me siento forzado a ver a J.-B. S. como un asesino, e incluso mejor, como un maldito alcahuete, un repugnante, asqueroso, inmundo soplón, un vigilante con anteojos. ¡Ya me empiezo a embalar! No corresponde a mi edad, ni al estado en el que me encuentro… Iba a concluir ahí… asqueado, listo… Reflexiono… ¿Asesino y genial? Hay casos… Después de todo… ¿Será quizá el caso de Sartre? Asesino lo es, quisiera serlo, entendámonos, ¿pero genial? ¿La caquita que está en mi culo es genial? ¿Hum?… Vamos a ver… sí, cierto, eso puede hacer eclosión… dispararse… ¿pero J.-B. S.? ¿Esos ojos de feto? ¿Esos hombros mezquinos? ¿Esa busardita? Tenia, seguro, tenia humana, ubicada donde ya saben… ¡y filósofo!… son demasiadas cosas… El liberó, parece, París en bicicleta. El jugó… en el Teatro, en la Ciudad, con los horrores de la época, la guerra, los suplicios, el hierro y el fuego. Pero los tiempos cambian, y hete aquí que crece, se infla enormemente.  ¡J.-B. S.! Ya no se domina… ya no se conoce… de embrión quiere convertirse en criatura… el ciclo… no tuvo suficientes jueguitos, suficientes engaños… corre detrás de las pruebas, las pruebas verdaderas… la prisión, la expiación, los palos, y el más grande de todos los palos: el Poste…  La Maldición lo entretiene a J.-B. S… ¡las Furias! terminadas las bagatelas… ¡Quiere convertirse en un monstruo! ¡Para eso insulta a de Gaulle!
¡Qué manera! ¡Quiere cometer lo irreparable! ¡Lo logra! Las brujas van a volverlo loco, él vino a acicatearlas, ellas no lo soltarán jamás… Tenia de los soretes, falso renacuajo, ¡te vas a morfar la Mandrágora! ¡Te vas a convertir en súcubo! La enfermedad  de la maldición evoluciona en Sartre… Vieja enfermedad, vieja como el mundo, en el que toda la literatura está podrida… ¡Reflexioná J.-B. S. antes de seguir cometiendo errores irreparables! ¡Pensá! Date cuenta de que el horror no es nada sin el Sueño y sin la Música… Te veo bien como una tenia, pero no como una cobra, para nada una cobra… ¡sos nulo para la flauta! Sin música, sin sueños, Macbeth no es sino un Grand-Guiñol y malos días… Sos malvado, sucio, ingrato, rencoroso, vigilante, ¡pero J.-B. S. es más que eso! Eso no es suficiente… ¡Todavía hay que bailar!… Me gustaría equivocarme, por cierto… No pido nada mejor… Iré a aplaudirte cuando al fin te hayas convertido en un verdadero monstruo, cuando hayas pagado, a las brujas, lo que hace falta, el precio para que te transmuten, para que te eclosionen en un verdadero fenómeno. En una tenia que toca la flauta.
Pero me rogaste mucho, a mí y a través de Dullin, de Denoël, ¡me suplicaste “bajo la bota” que descendiera a aplaudirte! Yo no veía que bailaras o flautearas, para mí eso es un pecado terrible, lo reconozco… ¡Pero olvidemos todo eso! ¡Pensemos en el futuro! ¡Tratá de que tus demonios te inculquen la flauta! ¡Primero la flauta! ¡Mirá a Shakespeare, colegial! ¾ de flauta, ¼ de sangre… ¼ es suficiente, te lo aseguro… ¡pero de la tuya! antes que de cualquier otra sangre. La Alquimia tiene sus leyes… la “sangre de los otros” no les gusta para nada a las Musas… Reflexionemos… Conseguiste un pequeño éxito en el “Sarah”, bajo la Bota, con tus Moscas… ¿Por qué no despachás ahora tres pequeños actos, rápidamente, de circunstancia, a las apuradas, Los Soplones? Pequeño desfile retrospectivo… Te vemos en persona, con tus amiguitos, enviando a tus compañeros odiados, a los llamados “Colaboradores”, a la cárcel, al poste, al exilio… ¿No es gracioso? Vos mismo, por supuesto, haciéndote fuerte gracias a tu texto, en el primer papel… como tenia bufona y filósofo… Es fácil imaginar cien funciones exitosas, peripecias y surgimientos de más farsas en el curso de una comedia de ese género… y luego en la escena final una de esas “Masacres Generales” ¡que producirá carcajadas en toda Europa! (¡Ya es hora!) ¡Lo más alegre de la época! ¡Cómo van a mear y cagar incluso en la 500ª!… ¡y mucho más lejos! (¡Mucho más lejos! ¡Je, je!) El asesinato de los “Signatarios”, ¡unos por otros!… vos mismo en manos de Cassou… ¡Cestuy en manos de Eluard! ¡el otro por su mujer y Mauriac! ¡y así siguiendo hasta el último!… ¡Te das cuenta! ¡La Apoteosis de la Hecatombe! ¡Sin olvidar la carne, por supuesto!… Gran desfile de chicas despampanantes, desnudas, contoneándose increíblemente de un lado a otro… orquestra del Grand Tabarin… Jazz de los “Constructores del Muro”… “Atlantist Boys”… premio asegurado… y la gran partuza de los fantasmas en una sobreimpresión luminosa… 200.000 asesinados, presidiarios, enfermos de cólera, indignos… ¡y colgados! ¡en corro! ¡un pedazo de Cielo! ¡Coro de los “Verdugos de Nuremberg”!… Y al tono le insuflás más-que-existencia, instantaneísmo, masacrismo… Clima de espasmos de agonía, ruidos de cólicos, de sollozos, de hierros… “¡Socorro!”… Fondo sonoro: “Máquinas de ¡Hurras!”… ¿Lo ves? Y luego, como atracción principal, en el entreacto: ¡Remate de esposas para presos! Y un Bar de sangre. El Bar futurista absoluto. ¡Sólo sangre verdadera! En vaso, cruda, certificada por los hospitales… ¡de esa misma mañana! ¡sangre de aorta, sangre de feto, sangre de himen, sangre de fusilados!… ¡Para todos los gustos! ¡Ah! ¡Qué futuro J.-B. S.! ¡Qué maravillas vas a hacer cuando seas eclosionado! ¡Verdadero Monstruo! Ya te veo fuera del sorete, casi tocando la flauta, ¡una flautita verdadera! ¡qué encanto!… ¡ya casi un verdadero pequeño artista! Maldito J.-B. S.
Traducción: M. Dupont

miércoles, 27 de octubre de 2010

En torno a Salto de mata de Hugo Savino

Por Mariano Dupont

¡no tengo ideas, yo!… ¡ninguna! ¡y considero que nada es más vulgar, más común, más repugnante que las ideas! ¡las bibliotecas están llenas de ideas! ¡y las terrazas de los cafés!… ¡todos los impotentes rebalsan de ideas!… ¡y los filósofos!… ¡su industria son las ideas!… ¡con ellas agobian a la juventud!… ¡la prostituyen!… la juventud, usted lo sabe, está siempre lista para tragarse cualquier cosa…
Céline


Salto de mata no es un libro para los oficiosos de la cultura. Para los lectores con manual, los amantes del casillero, de las jerarquías, de las ideas. Para la sordera organizada, militante. La sordera que lee desde el pasado. Que sabe cómo deben ser los libros, cómo tienen que escribirse. Bien/mal, así no/así sí. La sordera que rechaza el gusto, lo libertario del gusto. Salto de mata es una pared que la sordera no puede atravesar. Se queda del otro lado. Y putea, se enoja, descalifica, interpreta. Desespera. Y para salir de la desesperación, teje impugnaciones, murmura. Invoca la santa protección del coronel Adorno, el presidente del Tribunal de la Estética. O de quien sea. Espíritus blindados del aparataje teórico. La Panzerdivision del tedio policíaco. Muertos que pensaron la literatura (o el arte) hace miles de años. El pasado. Y no hay manera: Salto de mata sigue allá adelante, inalcanzable, se va. Los sordos no pueden con Salto de mata, no lo pueden leer. Piden coherencia, respeto, sobre todo respeto; piden argumentaciones bien fundadas, como en los libros de verdad que a ellos les gustan. Fruncen el ceño, serios, preocupados… ¡pensantes! Porque la sordera piensa. ¡Y cómo! No para de pensar. Todo el día pensando, pensando. Y luego reconviene desde la cárcel del pensamiento, de la estética (un cuartito miserable, apestoso, ya lo conocemos). Son los estúpidos que sólo ven lo bello en las cosas bellas, como dijo Arthur Cravan. ¡Los conceptos! ¡La sacrosanta ideología! ¡Filósofos del arte! El pasado, sí. Lo podrido al cubo. Y claro, no alcanza, por supuesto. Qué va a alcanzar.
Para entrar en Salto de mata hay que tirar toda esa mierda a la basura. No es fácil. Primero hay que escuchar, escucharse, sobre todo escucharse. Pero nacieron con el oído tapado. Sordos de nacimiento. Por eso se dedican a la estética… ¡al rizoma!… ¡al noúmeno!… ¡al ser!… ¡al yo!… ¡al yo lírico!… ¡al himen!… ¡al desierto!… ¡a la identidad!… ¡al cine!… ¡a la novela!… ¡al argumento!… ¡a Rodolfo Walsh!… ¡a César Aira!… ¡a Kuitca!… ¡a Duchamp!… ¡a América latina!… Especulaciones. Il faut cultiver son jardin. Un quiosquito acá, otro allá, uno acullá. La cultura provee. Siempre. Para todos los gustos. Como en la heladería, hay para elegir, no hay problema. ¿Y pagan en los quiosquitos? ¡Qué van a pagar! Ni eso. ¡Para que empiece a entrar un mango hay que hacer cola durante años, romperse el culo junto a miles de piojos! Limpiar muchos baños, mucha caca de reyes pegada a los inodoros. Mucha lavandina. Meta trapo. Franela y franela. ¿Llamó usted? Dormir con el plumero debajo de la almohada, por las dudas, nunca se sabe. Abanicar, eso es clave. Zapatear un malambo. Lustrar mucha platería, también, mucho abotinado de gallego nuevo rico filisteo. Algunos mueren en la cola, otros pierden ahí los mejores años de sus vidas, chupan frío o se insolan, dependiendo de la estación, con la esperanza de llegar a tomar algún día un café con alguno de los cuatro o cinco faraones que llegaron a Barcelona. ¡Eternos segundones! ¡Eternos perdedores! ¡Sigan haciendo fila, gilastros! ¡Todo llega en la vida! ¡No pierdan las esperanzas! ¡Nunca se sabe! ¡Los milagros existen! ¡Confianza!… Avanti, sempre avanti!… La pirámide de la cultura, o sea. Más vieja que la roña. Los de abajo sostienen y sostienen, escoltan, se compran el uniforme, las botas Pampero, se arrodillan, baldean, manguerean, piden perdón por no saber escribir. Los pederastas de arriba, viejos sádicos, les corren la zanahoria… les mueven la banana, se la esconden. ¡Una y otra vez! Y los jóvenes no llegan nunca… ¡Desesperan por llegar pero no llegan! ¡Pobres infelices! O algún talentoso llega, es verdad, sí, alguno llega. Con un poco de talento, ojete y mucho cálculo, escribe la novela que justo ese día reclamaba Barcelona. Viudas, pileteros, crímenes invisibles, enigmas indisolubles, historias del pelo de concha, historias de la poronga, historias del escroto. ¡Memoria!… ¡política!… ¡exilio!… ¡militancia!… ¡compromiso!… ¡otra vez el compromiso!… ¡vuelve el compromiso!… ¡el compromiso nunca muere!… ¡siempre rinde! Estar a la izquierda, a no confundir, eh, nada de Sartre, ese pelotudo, Andrés Rivera hay uno solo, por suerte. Es decir: cotizar en bolsa con “la derecha avanza”, poniendo cara de “Mauricio Macri es un hijo de puta”. Y por supuesto: neoperonismo, neomalditismo, neovanguardismo, neoargumentismo, neopelotudismo, neopajerismo. Lo neo es un golazo, un clásico de clásicos: siempre funciona.
¿Y Savino a todo esto? Está en su casa, tomando mate. Sábado a la tarde. Lee a Marina Tsvietáieva, que de estas cosas sabía. O a Kerouac, que también sabía. O traduce a Henri Meschonnic, que pedía una historicidad radical. Lo contrario de la Historia (y sus tenazas). Escucha a Troilo, Savino. O a Albert Ayler. O a Armando Manzanero. Se dedica al gusto. Nada que ver con el arte. Garabatea en sus cuadernos: La línea del tiempo o Viento del Noroeste. Poemas, versos no oficiales. “Cositas” (Osvaldo Lamborghini). Cada tanto levanta la cabeza. O mejor: pone la oreja. Pone la oreja para escuchar en qué anda la época. Escucha para ver. Al revés de la sordera, que ve para escuchar, para ver si puede escuchar algo (pero no escucha un carajo). Escuchar para ver qué es lo que hay del otro lado del lenguaje (Beckett). Sismógrafo del poema, Savino. Registros de voz. Nada más. Una escritura del sonido. En primer lugar, la música. O el baile (Céline). Así, lo que dice Salto de mata (sobre literatura, sobre música, sobre lo que sea) es lo de menos. Los sordos eso no pueden entenderlo. Las ideas son mejores que cualquier tapón de silicona, doy fe. Salto de mata no dice, hace. Cosas al lenguaje. Ése es el trabajo de todos los libros de Savino: hacerle cosas al lenguaje. Savino sabe perfectamente que a esta altura ya se ha dicho demasiado, aflojen un poco, la puta madre, ya es hora, tenemos los huevos al plato con todo lo que se viene diciendo desde Gilgamesh. Queda sin embargo mucho por hacer (Coltrane).
La estética finge: indiferencia, aburrimiento, nonchalance. Suficiencia. Posa. Posa para que los giles crean que no acecha. Pero sí: acecha. Es incansable, voraz: quiere interpretar lo que dice Salto de mata. (El sentido no duerme.) Quiere valorar un libro que se caga en sus valores (los valores de la estética). Que sigan con lo suyo, dice Savino entre mate y mate, allá ellos, yo sigo con mis cositas: el poema, etc. La libertad. Cada vez más libertad: por ahí va Savino. Rasgando la tela (Sánchez). Pone este disco: hay mucho por hacer todavía, mucho que desmontar, el horizonte está en la muerte, allá, no antes, a ver si se entiende de una vez por todas: ¡nunca se llega! Savino habla solo, como Ayler. El que llega (el que cree que llega) cagó. Mucho por hacer, entonces. Un trabajo enorme que los indolentes estetizados no van a hacer en la puta vida. ¿Para qué? ¿Para perder lo poco que tengo? ¡Ni en pedo! Ante todo el uso de los frutos. Eso es muy importante: no dejar que los frutos se pudran. Así, con los valores se arman un tingladito, se protegen ahí, se dan calor unos a otros, como los pingüinos, se alimentan entre ellos, a cuchara, con la sopa ideológica. Se estimulan, se alientan: muy bueno tu libro, me encantó, me lo devoré, se lo regalé a mi mamá para el día de la madre. Son feligreses de la Iglesia de los valores asesinos. Se odian (incluso a ellos mismos). Se matan sin darse cuenta. Siempre por la espalda, si no, no tiene gracia. Ponen cara de felices, de lamas tibetanos, de sabios.
¿Y Savino a todo esto? Por el lado de Claudel, de Kerouac. Acompaña a Kerouac, a Claudel. Savino en Claudel: “para leerlo hay que acompañarlo hasta ahí”. Nadie acompaña. O muy pocos, seamos justos. La mayoría prefiere levantar el dedito como las abuelas del siglo veinte, censurar, cosa fácil, cualquiera censura, la especialidad de los profesores de letras, de los mancos. Acompañar en cambio es otra cosa, no es tan fácil acompañar. No es fácil seguir la veleidad del otro, sus devaneos, sus contradicciones, su gusto; no es fácil no retroceder ante el gusto del otro. Un gusto genuino es un gusto imperfecto, decía Eliot, el de La tierra baldía. El gusto de Savino es genuino, imperfecto, no hace un culto de las ficciones del canon (cualesquiera sean). Nada que ver. Por el lado de Claudel, de Kerouac, entonces. Del amor, sí, digámoslo, seamos cursis, me chupa un huevo. En las antípodas del valor. Por el lado de Murena, de Cerretani, que no están en Salto de mata pero están: son de Hugo Savino (y de sus cómplices de oído). Son de su gusto. Un gusto que no ofrece respuestas, como dice Savino de Meschonnic en el “ensayo” “Henri Meschonnic: el poema en la libreta”. Porque Salto de mata no trae conclusiones. No dice: esto es buena literatura, esto no, tengo la posta, esto está caduco, esto es actual, esto no, esto sí, mejor el argumento, mejor falta de argumento, etc. Y menos que menos busca hacer pie en los andamios de la buena factura. Vade retro. La buena factura es la peste (me lo dijo Savino). Ningún intento de incrustarse en alguna fachada al tanto por ciento. La de Savino es una voz solitaria. Punto. Ningún club. No lo acompaña el comité de ninguna revista. Lejos del género, lejos del ensayo. Lejos de la tesis, sobre todo de la tesis. A años luz de la postración de los chupamedias. Del pasmo de los alcahuetes. Del espíritu rebañego. “Devotos: abstenerse.” Cerca del poema, del poema en la libreta, como escribe Savino (como pocos; ni bien ni mal: como pocos). Abierto a lo que no conoce, como Claudel. A la bartola, rápido, a saltos de sintaxis. Toco y me voy. ¿Adónde? ¡Qué sé yo! Una esgrima de cervato chiflado. Y así se mete en zonas complicadas. Se manda. Saca a relucir frases hinchapelotas para hacer saltar a los jodidos por la estética (magister dixit).
La estética carece de humor, se sabe. Se toma todo en serio, es obediente, limpia, disciplinada, olfa, lee al pie de la letra lo que dice Salto de mata. Su pasión es educar. De vuelta: bien/mal, así no/así sí, aprobado/desaprobado. La estética quiere ideas… ¡ideas!… ¡ideas!… ¡ideas!… ¡más ideas!… Una muestra de que vamos bien. No puede escuchar que en lenguaje Savino las ideas no existen. No hay ideas en Savino. Quien busque ideas en Salto de mata caerá en un pozo ciego. Ahí, en la oscuridad, con el agua al cuello, lo que encontrará, sí, es mucha culpa. Mirará a los costados, se volverá paranoico. Se molestará, sobre todo se molestará. Querrá encerrar a Savino en una bolsa de arpillera, amordazarlo, pegarle algunos puntinazos (pero sin lastimarlo, ojo). Darle un escarmiento, una lección. La comisión directiva de Unione e Benevolenza propone el aceite de ricino, una purga, como en la época del Duce. A ver si se calla de una vez por todas. Le habían pedido distancia crítica. ¡Pero el díscolo no hace caso! ¡Rebelde! ¡El educando no se deja educar! ¡Se niega! Los “cosos de dar lecciones” no saben qué hacer con Savino. Entre molleja y molleja, lo desguazan, a libro abierto. El alumno es porfiado, no quiere crecer, ¡no aporta! ¡Adhiere al desacato! ¿Quién se cree? ¿De qué la va? Se empecina en ir por donde no hay que ir. ¡Escribe lo que no hay que escribir! Como el irreivindicable Murena. ¿A qué? ¿Por qué? ¿Es que a Savino le gusta flagelarse?, ¿es masoquista, Savino? ¿No se da cuenta de que así se hunde? ¿Qué busca, inmolarse? ¡Hombre grande! Lacan. Porque Freud no alcanza. Así que llega Lacan. Toda una garantía. El mejor comodín: sirve para todo, Lacan. ¡Aún hoy! ¡Lacan o muerte! Sacan de la billetera la estampita del santo del moñito, le rezan, lo vuelven a leer por milésima vez, le ponen velas, inciensos. ¡Adorno y Lacan! Bouvard y Pécuchet. El santuario ortopédico. La máquina de hacer chorizos. Que no para de hacer ruido, de joder. ¡Noche y día! Toda una generación. “La cofradía de los mediocres que se reúnen (en cada época) para demostrarse a sí mismos que tienen talento y excluir al hombre libre” (Dominique de Roux). Siguen los nietos, ahora, se multiplican como hormigas culonas, ya se subieron a la tarima para reemplazar a la parálisis gagá.
La decisión es unánime: hay que operar. El dictum de la época, que es igual a las pasadas, no nos engañemos. Así que a no quejarse, no caer en la tentación. La lagrimita es lo peor. ¡El mercado! ¡Todo es culpa del mercado! ¡El mercado! ¡Nadie lee! ¡Ay, ay, ay! ¡Culpa del mercado! ¡El mercado! ¡La industria cultural! ¡Maldito mercado! ¡70 ejemplares en 3 años! ¿Hay derecho? ¿Eh? La comedia es implacable, impecable. La vida es una fiesta, sorditos. ¡No olvidar! ¡Jamás! ¡Es la única memoria que importa! Por más operaciones que quieran arruinarla. El verdadero espíritu no se deja atrapar. Está y no está. Hace un paso al costado: pasen, pasen. Pero hablaba de operar. Hay que operar, decía. Eterna Cadencia… Malba… Ostende… Frankfurt… ¡Hasta llegar a Barcelona! ¡A Barcelooooona! ¡Al paraíso! ¡Al éxtasis! ¡A Dios! ¡Ahhhh! ¡Al fin!… Así que ahí están en Barcelona, llegaron, algunos llegaron. Arroban a los gallegos, que creen estar frente a los Raymond Roussel del nuevo milenio. Son clones de Ronald McDonald, pero no lo saben. Dicen cosas como: “Joyce dejó de interesarme” o “La literatura debería ser un contragolpe como los de André Agassi”.  ¿Y Savino a todo esto? Pone la oreja, ya lo dije. Está en el lugar preciso en el momento preciso. Está ahí. Dio un paso al costado. No está operando. Savino no opera. ¿Y entonces? ¡Entonces a operarlo! Operación Savino. El diagnóstico ya está: ilegible (no se puede soportar). ¿Matarlo? No, no, por favor, eso es demasiado. Pero sí podríamos extirparle el rencor, el resentimiento, el tono de compadrito, ¿qué les parece? Adecentarlo, embellecerlo, acicalarlo, manicurarlo. ¡Vaciarlo! Eso: vaciarlo. Se proponen vaciar a Savino, quieren un poco de paz, continuar el sueño eterno. Le dan turno. En vano. Porque Savino no va a ir, me lo dijo el otro día, no piensa ir, que se vayan a cagar. Está ocupado con el poema, con sus cositas. Escribe para un lector que no existe.