"En el lenguaje es siempre la guerra" (Henri Meschonnic)

domingo, 5 de abril de 2020

Las lecturas de Procusto

 Por Mariano Dupont


Básicamente, hay dos maneras de leer. Una es leyendo; la otra, no leyendo. Se puede leer sin leer, sí, creyendo incluso que se lee. Es muy común: lectores en pose de lectura, con sus lápices, sus biromes, sus resaltadores, marcándolo todo, incluso el diario; lectores-performers que parecen leer, que simulan leer, pero que en realidad no leen. No me refiero al lector sin lecturas, sin teoría. Se puede ser un excelente lector sin haber leído demasiado o sin manejar rudimentos de teoría literaria. Es más: no es necesario, para ser un buen lector, ni siquiera ser inteligente. La inteligencia no es imprescindible para leer. Incluso se podría ir más lejos y decir que muchas veces la inteligencia se convierte en un lastre para la lectura; la inteligencia como tara, digamos, como tapón de cera. “¡Cómo odio la inteligencia!”, escribió Virginia Woolf. Y Proust: “Cada vez valoro menos la inteligencia”. Y Hannah Arendt sobre Nabokov: “Hay algo que me horripila de Nabokov, y es que todo el tiempo está queriéndote mostrar lo inteligente que es”. A eso me refiero. A “las heces de la inteligencia” (Wittgenstein).
El buen lector, pues, el lector que lee, simplemente, es un lector que evita las interpretaciones. La inteligencia, casi siempre, va por ahí: por el lado de las interpretaciones. No siempre, claro (Borges, por ejemplo, era un lector inteligente que no iba por ahí), pero casi siempre. Susan Sontag: “Interpretar es empobrecer, reducir el mundo, para instaurar un mundo sombrío de significados. Es el homenaje que la mediocridad le rinde al genio”. Así, el mediocre que no lee, el no-lector, siempre interpreta, empobrece, instaura “un mundo sombrío de significados”. Lo embelesan la hermenéutica, el sentido, “los viejos mitos de la profundidad” (Robbe-Grillet). En cambio, el buen lector, como lo hemos llamado hasta ahora, aunque también podríamos llamarlo, si lo miramos desde otro ángulo, el mal lector (el hypocrite, el traidor, el perverso, etc.), se aleja de ahí, huye, va para otro lado. Para el lado de la escucha, en primer lugar. Y para el lado, también, de la superficie. Sabe que todo está ahí: en la epidermis, al alcance del oído. Puede haber leído poco, este buen lector, pero sabe escuchar. O tal vez no sepa escuchar, pero quiere aprender. Querer aprender ya es algo. Por supuesto: las lecturas, las distintas experiencias de lectura, son fundamentales para aprender a escuchar. Todo sale de esas lecturas, de esas experiencias. Experiencias de lectura que provienen, que le deben todo, casi siempre, a las líneas de transmisión, como las llamaba Luis Thonis, a las “estructuras” que permiten que esas lecturas, como pases de testigos, yendo de un sujeto a otro, de un espíritu a otro, vuelvan más sensibles y sutiles nuestros oídos. Es decir: menos idiotas. Porque el oído también puede ser idiota, en el sentido que le daba a la palabra el poeta español Gabriel Ferrater, cuando decía que la eficacia a lo largo de los siglos de la rima se debía, justamente, a que era idiota. Esas líneas de transmisión, entonces, son fundamentales para desidiotizarse. Y así como son fundamentales, son frágiles, muy frágiles. Muy delicadas. Hay que cuidarlas, entonces, preservarlas, no hay que dejar que desaparezcan, que las invisibilicen. Todos trabajando para que no se vean, para que no se escuchen, consciente o inconscientemente, lo vemos todos los días. A veces están enterradas, las líneas, y hay que exhumarlas. Hay que exhumar los “libros peligrosos” (Jean Paulhan), los libros que nos reenvían al peligro original, al desamparo original, a la vida despojada de sus falsas seguridades, de sus falsas certidumbres. Néstor Sánchez: “Necesito decirle a cada lector que va a morirse muy, muy pronto, y que a pesar de todo vive como si fuera eterno”. Hacer circular esos libros, entonces. Pero primero hay que leerlos. Todo un trabajo. Un trabajo “sucio”, que, claro, muy pocos quieren hacer, ya que los libros peligrosos nos dejan solos, y nadie quiere quedarse solo. Sin embargo, si uno se decide a hacerlo, si uno decide sacudirse la pereza intelectual y moral –sobre todo moral– y poner los oídos a la obra, puede convertirse en un juego. Un juego hermoso en el que, como en la infancia, jugando, se aprende. Porque nadie –salvo Mozart, quizás, y eso habría que confirmarlo– viene al mundo sabiendo escuchar. Está demás decirlo. Hay que aprender. Y aprender lleva toda una vida. Lleva toda una vida aprender a escuchar como un niño. Creo que a esta altura está claro, pero igual subrayo por si alguno se quedó en el camino: lejos estoy, entonces, de hacer una vindicación del buen lector como una suerte de buen salvaje de la lectura.
Con respeto, sí, pero sin reverencia, apoya el oído, entonces, el buen lector, en la tapa del libro. Y espera. Espera a que el libro empiece a susurrar sus cosas. Eso, nada más. Parece simple pero no lo es, es todo un arte, un ars lectoria. Lo único que sabe –esto también lo ha aprendido: alguien o, tal vez un libro, se lo ha enseñado– este buen lector es que no hay que interpretar. Se parte de ahí: ponerse en la vereda de enfrente del lector “profundo”, deformado por años –o meses, a veces alcanzan unos meses– de doxa universitaria (o de psicoanálisis). Bataille: “En la gravedad profesoral, e incluso más sencillamente en la reflexión profunda, la desventura tiene siempre el mayor peso: algo empobrecido, tedioso”. Escaparle al tedio, sí, eso es clave. Alejarse, o sea, del lector fundamentalmente grave, pesado, charlatán, “inteligente”, ese que, esté donde esté, en las circunstancias en que esté, siempre tiene –de todo, de cualquier cosa, de cualquier estupidez– algo “interesante” para decir. Samuel Butler: “No hay aburrido como el aburrido inteligente”. Amén.
El primero de esta serie de no-lectores, el fundador de la estirpe, fue Procusto. Refresquemos: Procusto, el gigante griego, el posadero psicótico de las afueras de Atenas, el primer asesino serial de la historia de la literatura. Al igual que su progenie, Procusto leía sin leer, y eso lo llevaba al crimen. El mal gusto como una manera de no leer que conduce al crimen. Procusto reducía a sus víctimas, las amordazaba, luego las llevaba a su legendario lecho y ahí les cercenaba o les estiraba (rompiéndoles primero las articulaciones a martillazos) sus brazos y piernas (e incluso su cabeza) en función del largo de sus cuerpos: si sobrepasaban la cama, cercenaba; si no, estiraba. Según algunas versiones del mito, Procusto tenía varios lechos, de distintos tamaños, y los utilizaba según la altura de sus huéspedes. Es decir, la cosa era cercenar o estirar a como diera lugar. La debilidad de Procusto. Su extravío, su veleidad. Es decir, primero amordazaba, después cercenaba (o estiraba).
El lecho de Procusto más conocido es la ideología, “la ética para el uso de las masas”, como la definió Frédéric Schiffter. “La ideología es siempre reaccionaria” (Cabrera Infante), de ahí que sea la mejor herramienta para no leer. Para amordazar y no escuchar. Y en sus casos extremos, para asesinar, como lo sabe todo el mundo. La herramienta, también, preferida del biempensantismo y, por supuesto, de la sordera: no hay sordo que por el lado del Bien no venga. Los patrullajes del Bien atraviesan todas las épocas. Cambian los delitos, nada más. Las prohibiciones y las taras se desplazan, mutan, nunca desaparecen. Siempre existirán los “safaris morales para perseguir la xenofobia, el fascismo, el racismo y la homofobia a través de los siglos, lo que nos conforta en una certeza: nuestros valores son los universales y definitivos, nosotros somos mejores, nosotros somos buenos” (Philippe Muray). Safaris morales, hay que decirlo, que no fueron inventados por la reina Victoria ni por el puritanismo progresista moderno, sino que ya existían en el siglo v a. C., en la época del griego Jenófanes, que acusaba a Homero y a Hesíodo de sacrílegos porque tanto en la Ilíada y la Odisea como en la Teogonía se presentaban a los dioses como seres “inmorales”.
Todos persiguen, así, desesperadamente, el desliz, el desvío. Hay que encontrar al desviado, fruncir las cejas y levantar el dedito. Sin desviados es difícil conciliar el sueño. Roberto Arlt era homofóbico, Sarmiento proponía no ahorrar sangre de gauchos, Eurípides era misógino y así siguiendo, al infinito. La lista de los desviados se actualiza constantemente, se renueva día a día, ya que cuando alguno, de acuerdo a los parámetros morales del momento, es redimido, hay otro que es agregado al final de la lista. Salen y entran, salen y entran. Alguien, no hace mucho, me dijo, con respecto a los desviados de otros siglos que condena la moral actual, la que rige por estos días: “¡Hay que dejar de leerlos!”. Lo dijo sin ironía, sin inmutarse. El espíritu de los tiempos. El 8 de enero de este año, en el diario británico The Guardian, salió un top 10 de libros sobre “masculinidad tóxica” –“la presión social”, según una tal Ani Katz, la autora de la nota, “para adecuarse a ideales tradicionales de masculinidad que privilegian la agresión, el estatus de clase alta (sic) y la supresión de las emociones”–, entre los que se encontraban, además de Lolita de Nabokov y Retrato de una dama de Henry James, la Ilíada de Homero. Sí, la Ilíada. Ya es hora, parece, de ir dejando de leer al tóxico Homero. Philippe Sollers: “La moral, siempre la moral, cada vez más moral, esa ‘debilidad del cerebro’, decía Rimbaud, sirve para esconder la incapacidad de leer; el único punto en común, en el fondo, entre un biempensante y un criminal”. Moralistas extraviados en la selva de la literatura. El lector en modo comisario. O “jefe de manzana”. Ese que lee escondido detrás de un árbol esperando la contravención ideológica. Se aprende en las escuelas, incluso en los hogares. La doctrina de la buena no-lectura explicada a los niños. Recogida en el pequeño libro rojo del no-lector.
En los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, sobre todo en el ámbito académico, intelectual, ese no-lector sobreideologizado era una peste. Ahora también es una peste, pero por estos días el no-lector funciona más en modo caricatura, en modo farsa, casi no molesta, es un tarado y listo, lo dejamos ir. Antes era mucho peor. El no-lector proliferaba por todas partes. No hace falta más que repasar los títulos de los artículos, los ensayos y los libros de crítica literaria de aquel entonces: la mayoría iba por ahí. El no-leer era la manera más común de leer. La ideología reinaba. Junto con la solemnidad. En 1965, una reseña en Clarín de Las patas en las fuentes de Leónidas Lamborghini terminaba así: “No lo compre”. Ideología y solemnidad: una parejita inseparable, reversible, que iba por todos lados de la mano pregonando la no-lectura a diestra y siniestra, que, unidas, como nos enseñó Nicanor Parra, jamás serán vencidas. “Las nauseabundas pequeñas ortodoxias que se disputan nuestra alma”, como decía Orwell, estaban a la orden del día. La última moda, el dernier cri, era leer así: no leyendo. El sartreanismo hacía roncha, estragos. El engagement, el “compromiso”. Detrás del cual se escondía el sempiterno moralismo, por supuesto. Raymond Aron: “Sartre era un moralista. No podía admitir que mis opciones, tal vez erróneas, no fuesen culpables”. El mundo se dividía, así, incluso más que ahora, en inocentes y culpables. La secuela de esa servidumbre era, claro, el “mensaje”. El escritor como palomo mensajero. Puro, bueno. Y el lector, por su lado, un no-lector al cuadrado, un no-lector de no-lectores, un consumidor pasivo de esos sabios mensajes del palomo mensajero puro y bueno, de esas verdades que salían de su pluma como porotos de la chaucha que él mismo cultivaba en su jardincito del fondo.
Además de a Sartre, los escritores y los intelectuales leían a Lukács, a Gramsci, a Bertold Brecht. Autores de bien, o del Bien, que alimentaban, como es lógico, una de las grandes pasiones de la época: “la pasión policial” (Simon Leys). El amor a la denuncia. O el vicio, más bien, porque es sabido que una vez que se denuncia se quiere volver a denunciar. El crítico como delator, como buche, como hombre virtuoso. Les gustaba ser así, ejemplares. Evidentemente daba prestigio. O tranquilidad. La tranquilidad de estar del lado de los inocentes. Esa hipocresía que nos legó el bueno de Jean-Jacques Rousseau, “el más sensible de todos los seres”, como decía de sí mismo. Pascal Bruckner: “Lo que es asombroso en él [en Rousseau] es la acumulación libro tras libro de argumentos reiterados para convencerse de su bondad y persuadirse de la maldad del mundo”. Un siglo más tarde Freud iba a acuñar la figura del “alma bella”. Estar del lado correcto, entonces, no tiene precio, es impagable. Uno pregunta en dónde hay que ubicarse para estar tranquilo, se arrima al grupito correspondiente, se abre un hueco a los codazos y listo. Y en el grupito, en las reuniones del grupito, en el bar, en las presentaciones, en el aula, en los pasillos, nacen amistades, compañías. Compañeras y compañeros. El espíritu rebañego, lo llamó Nietzsche. Todos iban por ahí, entonces, guiados por el buen pastor de turno. Cada época tiene sus pastores. Nunca falta el buen pastor que se ofrece a conducir la grey. Y desde el centro de esa grey, adormecidos por el calorcito que brinda siempre el rebaño, soplaban sus bondades como botellas. Botellas que no eran arrojadas, desesperanzadamente, al mar, sino cargadas chapuceramente, históricamente, de “verdades” ideológicas para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero. Que siempre intimidan. Meten miedo, las “verdades” ideológicas. Hoy también los jóvenes les tienen mucho miedo a esas “verdades”. Todo lo que no vaya en la dirección que estipula la cofradía del Bien los aterra. El único coraje que ejercen los jóvenes de ahora y de siempre es “el coraje de las opiniones ajenas” (Ennio Flaianno). Los jóvenes arquetípicos: fantasmas infatuados que resurgen de un pasado zombi para seguir masticando, como si en el medio nada hubiera pasado, la rancia papilla de los tiempos que corren, copia exacta de la rancia papilla que masticaron sus padres y sus abuelos. Y sus tíos, sobre todo sus tíos, ya que, al igual que la evolución, la involución es siempre de tíos a sobrinos. Céline: “La juventud ama la impostura como los perritos aman los palos de madera, los huesos que les tiran”. Huesos viejos, enmohecidos, palos de madera podrida: no le hacen asco a nada, los jóvenes. Se podría decir, parafraseando a Paul Nizan: “Yo tuve veinte años y no dejaré que nadie diga que no es la edad más estúpida de la vida”. Pero volviendo al origen de este devaneo, a los años cincuenta y sesenta del siglo pasado: en ese entonces, Borges, por ejemplo, todavía no había sido beatificado por la generación que vino después; todavía era –recordemos– “elitista”, “europeizante”, “extranjerizante”. Epítetos que hoy mueven a risa pero que, en esa época, en el mundo de la cultura y del pensamiento, funcionaban muy bien como insultos. Leer era, fundamentalmente, una manera de ejercer la vigilancia ideológica, de señalar infracciones, de hacer multas.
William Burroughs: “La mejor cárcel es aquella en la que uno no sabe que está en una cárcel”. La superioridad moral que da, digamos, haber nacido dos o tres siglos más tarde de los hechos y las palabras que se condenan. Y desde ese banquito –esa cárcel– dictar las sentencias de acuerdo a los presupuestos ideológicos que sobrevuelan nuestra época. Recuerdo un amigo gay que no podía leer la Divina Comedia porque el séptimo círculo del Infierno estaba destinado a los homosexuales. Le daba impresión, decía. Jean-Pierre Martin, un olvidable crítico francés, autor de un olvidable libro llamado Contra Céline, escribió: “Leer los panfletos antisemitas de Céline como obras de arte es adherir a la ignominia”. O sea: valorar estéticamente un texto antisemita es adherir a la ignominia antisemita, es decir, es ser tan antisemita como Céline. Eric Mazet lo atendió en su mostrador: “Jean-Pierre Martin me recuerda a los católicos que no pueden reír con Voltaire, a los ateos que no quieren leer a Léon Bloy, a los machos que vomitan con Genet, a los racionalistas que desprecian a Baudelaire, a los republicanos que rechazan a Chateaubriand, a los igualitarios que tratan a Nietzsche de fascista”. Ennio Flaianno decía que en Italia –pero podríamos extenderlo al mundo entero– los fascistas se dividían en dos clases: los fascistas y los antifascistas. Jean-Pierre Martin es de estos últimos.
Una franquicia de las lecturas de Procusto es la “ridícula exégesis”, como la llamó Samuel Beckett. Beckett la padeció toda su vida. Sobre todo, desde Esperando a Godot. ¿Quién es Godot? Lo volvían loco con esa pregunta. Como ejemplo de la ridícula exégesis está la anécdota de Siegfried Unseld, el director de Suhrkamp, que aparece en la biografía de James Knowlson: Adorno desarrollando su idea sobre el significado oculto de los nombres en la obra de Beckett, sosteniendo con insistencia que, en Fin de partida, “Hamm” derivaba de “Hamlet” y “Clov” de “clown”, y Beckett, en frente de él, del otro lado de la mesa, escuchándolo con paciencia, y luego diciéndole, con su cortesía habitual: “Lo siento mucho, profesor, pero ni por un segundo pensé en Hamlet ni en clown cuando inventé esos nombres”. Y Adorno insistiendo y Beckett cada vez de peor humor. Y a la noche, al escuchar la ponencia en la que el Herr Professor, como un alcohólico que no puede soltar la botella, volvía a insistir con su ridícula exégesis, Beckett, entre los del público, susurrándole en el oído a Unseld: “Ése es el progreso de la ciencia: que los profesores puedan obstinarse en sus errores”. “Demencia universitaria”, la llamó en uno de los diálogos que recogió Charles Juliet. Curiosa, por otro lado, la no-lectura de Adorno, cuando en Fin de partida leemos esto en boca de “Hamm: ¿No estamos a punto de… de… significar algo? Clov: ¡Significar, nosotros! (risa breve) ¡Esa sí que es buena!”. Poderes mágicos de la sordera. Hay muchísimas anécdotas de esas. La interpretación, el ritornelo de la interpretación. La mediocridad homenajeando al genio, volviendo a lo de Sontag. Cerrar, clausurar, descifrar. La inteligencia paralítica. Adosarle sentidos a lo que no se comprende como un modo de exorcizar la angustia de no poder escuchar. “Lo único que quiero es que dejen de hacerme decir más de lo que quiero decir”, le dijo un día Beckett, ya harto, a su amigo Raymond Federman. Solo había que leer el final de Watt, escrito en 1945: no symbols where none intended. No hay símbolos donde no hubo intención. Pero el ser humano ve símbolos en todos lados.
La ridícula exégesis es descendiente directa de la “alegoresis”, la exégesis alegórica de los antiguos, de los griegos y los latinos que, por ejemplo, leían a Homero –otra vez Homero– en clave alegórica: decían, entre otras cosas, que, en la Ilíada, Diomedes, que hiere en la batalla a Afrodita, madre del troyano Eneas, simbolizaba la supremacía griega sobre la indolencia oriental. Cosas así. En el Medioevo, Virgilio y Ovidio fueron también víctimas de la alegoresis. Dante, que en el Convivio había definido la alegoría como “una verdad disimulada detrás de una bella mentira”, en De la monarquia, escrito unos años después, le atribuye a la alegoría un “sentido místico”, y dice, siguiendo a san Agustín, que se puede errar de dos maneras con respecto al sentido místico de la alegoría: “buscándolo donde no se lo encuentra” (atribuyéndole al objeto un significado que el autor nunca le dio) o “aceptando otro distinto del que se debe” (atribuyéndole al objeto un significado diferente al que el autor sí le dio). Nada nuevo bajo el sol. “Si de algo se dice: ‘Mira, eso sí que es nuevo’, aun eso ya sucedía en los siglos que nos precedieron” (Eclesiastés, 1:10).
Sin embargo, las lecturas de Procusto tienen su antídoto. Su contraparte, su envés. Y ese envés lo llamo “principio de caridad”. La noción no es mía, por supuesto, la tomo prestada –adoptándola libremente, irresponsablemente, a los modos de leer, a la lectura de textos literarios– de la filosofía, de la argumentación filosófica, y fue acuñada por un tal Neil L. Wilson a fines de los años cincuenta del siglo pasado. ¿Qué es el principio de caridad? Hay muchas versiones del principio de caridad, pero podemos decir, en términos generales, que es sobre todo una actitud que consiste, principalmente, en filosofía, en la controversia filosófica, en “maximizar la verdad o racionalidad” de los argumentos de la persona con la que se está sosteniendo una discusión, un intercambio de pareceres. Dejemos la racionalidad de lado y quedémonos con eso de “maximizar la verdad” en las palabras ajenas. Tomar lo mejor de las palabras del otro, podríamos decir también. Faulkner: “Por eso no les importaba quién hablara [a Shreve y a Quentin Compson, en Absalon, Absalon!], puesto que las palabras solas no realizaban la tarea ni completaban el trabajo [la reconstrucción de la historia de Thomas Stupen], sino un feliz matrimonio de la palabra y el oído, dentro del cual cada uno de ellos, antes del ruego, de la exigencia, perdonaba, condonaba y olvidaba las fallas del otro; fallas en la creación de esa sombra que estaban discutiendo (o, mejor dicho, dentro de la cual existían), y la audición filtraba y descartaba lo falso para conservar lo verdadero, o lo que se adaptaba a lo preconcebido, a fin de llegar al amor, donde podría haber paradojas e inconsecuencias, pero no fallas ni falsedad”. Leer, así, con cierta disposición favorable, condonando y olvidando las fallas del otro. La palabra y el oído en feliz matrimonio. A fin de llegar al amor. Con la actitud de ese lector ideal con el que soñaba Antonio Di Benedetto, cuando decía que sus novelas producían, al principio, el rechazo del lector para que después el lector, superando ese rechazo, las descubriera en todos sus pliegues y repliegues. Estar abiertos, disponibles. Apoyar, como dijimos, el oído en la tapa del libro; y esperar, pacientemente. Leer, como decía Borges que se leen los clásicos: “con previo fervor y una misteriosa lealtad”. O, simplemente, como recomendaba Rabelais en el prólogo de Gargantúa: “Leed con alegría”. La alegría es importante. Porque las lecturas de Procusto siempre están del lado de la desdicha. La desdicha del pasado, del “mundo antiguo” (Apollinaire), de lo que ya se sabe. La desdicha, también, de lo que cierra, de lo que clausura, de lo que reduce. La desdicha del empobrecimiento. Que está en las antípodas de esa disposición que Hugo Savino dice que hay que tener para leer las traducciones que Claudel, sintiéndose discípulo del profeta, hizo de los salmos. “Para leerlo hay que acompañarlo hasta ahí”, escribe Savino. Acompañar, entonces, es muy importante acompañar, leer acompañando. Lo que decía Virginia Woolf en su ensayo “¿Cómo hay que leer un libro?”: que hay que ir más allá de la “mentalidad confusa”, más allá de las ideas minusválidas que tenemos con respecto a ciertos autores y a ciertos libros (con respecto a todo, en realidad): “Si pudiéramos eliminar esos conceptos previos a la lectura, eso sería, en sí mismo, una manera admirable de empezar. No debemos dictarle al autor, sino identificarnos con él. Debemos colaborar con el autor, ser su cómplice”. Colaborar, no ser mezquinos, no ser perezosos. En Proust, Beckett lo dice así: “Cuando el objeto se percibe como algo singular y único y no solamente como el miembro de una familia, cuando se muestra independiente de cualquier noción general y desvinculado de la razón de una causa, aislado e inexplicable a la luz de la ignorancia, entonces y sólo entonces puede ser fuente de encanto. Por desgracia, la Costumbre ha impuesto su veto a esta forma de percepción. El animal de costumbres se aparta del objeto que no puede hacer coincidir con alguno de sus prejuicios intelectuales, que opone resistencia a las propuestas de su esquema de síntesis organizado por la Costumbre según los principios del mínimo esfuerzo”. Dejar, entonces, por lo menos en el momento de leer, los conceptos previos, los prejuicios intelectuales, el esquema de síntesis, el mínimo esfuerzo; dejar, en definitiva, el facilismo mediocre de las lecturas de Procusto para que los libros únicos y singulares puedan llegar a ser, precisamente, únicos y singulares, y, tal vez, cuando todo acompaña, cuando el viento sopla de nuestro lado, fuente de encanto.

martes, 28 de enero de 2020

La blanca agonía


Por Mariano Dupont

A Milita Molina

I

El poeta muere en la página como el cisne de Mallarmé. Se ha dicho muchas veces, y de muchas maneras, algunas bellas, otras estúpidas. Se ha dicho que el poeta muere en la página para que nazca el poema, para que pueda surgir el poema, que si no muere el poeta no hay poema, etc. Muy bien. De acuerdo. Pero no hablo de eso exactamente. No hablo de “la muerte del autor”, esa reliquia que nos regaló la Sorbonne; tampoco de que el poeta es un “amanuense” del Espíritu, un médium, la historia de la literatura como la historia del Espíritu, etc. Tampoco hablo de que el que habla, en el poema, no es el poeta sino el lenguaje, que el lenguaje es el protagonista de poema, etc. De acuerdo en todo eso, sí. Pero hablo de otra cosa. Hablo de escribir para morir –y no tanto de morir para escribir. Hablo de la blanca agonía.
Escribir para morir en la página en blanco, en la batalla de la página. Que es el otro lado del terror al blanco de la página, esa cárcel que no es cárcel, en realidad, un terror que a esta altura de las cosas no es terror, un terror que hoy no produce más que bostezos. Es que se ha cristalizado tanto, el terror, se ha vuelto tan cristalino, que finalmente terminó quebrándose, partiéndose, rajándose. Y al irse dejó otra cosa. ¿Qué cosa? La blanca agonía. Que es, como dije, el envés del terror –su costado más sutil, casi invisible, inaudible: el espíritu, como le dijo Bodhidharma a Eka, no se puede atrapar– e incluso a veces justo lo contrario, ya que si al terror se lo mira de cerca, si nos acercamos al terror, si seguimos detalladamente los desplazamientos del lápiz cuando trazamos las letras, si nos concentramos en el dibujo, nada más que en el dibujo, el terror deviene alegría. O casi alegría. El mundo antiguo del terror pasa a ser, mágicamente, el mundo nuevo de la blanca agonía. Eso es lo que nos interesa ahora. Blanca agonía: mejor que agonía blanca, que no dice nada. Blanca agonía. Blanca y dulce, se podría decir, porque también es dulce. No es un padecimiento, eso está claro. Empecemos por ahí.
“A pesar de todo, escribir hace bien”, le dijo Kafka a Milena. Tiene razón. Hace bien, escribir. A pesar de todo. Y hace más bien aún haber escrito. Eso ya da casi felicidad. La satisfacción de haber escrito. Del trabajo realizado, cumplido. La materialización, las palabras, el resultado: bueno, malo, no importa, es lo de menos. Claro: es mejor si el resultado ha sido bueno. Pero no siempre, porque a veces los malos resultados terminan siendo mejores que los buenos resultados. Nunca se sabe. De todos modos, ¿cómo saber el valor de un resultado? ¿Cómo indagarlo? ¿Cómo ponerlo en perspectiva? Muy difícil. Si empezamos con eso de los resultados la cosa se complica. Y no quiero complicarme. Lo que digo, entonces: que lo importante es haberlo hecho (no el resultado). Con el hipócrita lector, incluso con el hipócrita lector. Haberlo hecho con él. Con todos, en realidad. La poesía hecha por todos de la que hablaba Lautréamont. El Buda que despierta con todos los seres.
Haber hecho el trabajo, entonces. A conciencia, sí, pero también con un poco de inconsciencia. Se necesitan de las dos cosas. Haber agonizado. En el sentido de un combate. Wittgenstein: “Estamos en guerra con el lenguaje”. Por supuesto. No lo podemos evitar, es así, es una guerra que no se elige, que vino con nosotros y está en nosotros, que vive en nosotros, en nuestras células, que corre por lo bajo, subterránea, como la sangre. Es la guerra que libra el roedor paranoico de La madriguera de Kafka. Una guerra en la que, a pesar de que llevamos –como es lógico, dada la lógica coercitiva del lenguaje, su poder de fuego– todas las de perder, “no aceptamos ser derrotados” y “continuamos intentando” (Francis Ponge). Lo agónico. O agonal. Y el descanso después, entonces. Haber escrito. Mirar el negro sobre el blanco y decir: ya está, lo hice, pasemos a otra cosa.
Así que ir a la página en blanco, a la batalla de papel, una vez más, ir ahí, agonizar ahí, en el presente escurridizo de la escritura. Osvaldo Lamborghini: “Aquí el presente”. Se dijo de otros modos, también, se puede decir de mil maneras distintas esto del presente: el torero frente al toro, etc. Hic et nunc. Kingsley Amis: “Hay situaciones en las que un lancero debe cargar contra un carro blindado”. Sabiendo que se va a morir. O que hay riesgo de morir. El escritor como samurái. La pasión por la muerte, sin la cual, es “imposible realizar hazañas dignas de mención”, como dijo Nabeshima Naoshige. Pasión por la muerte y por la vida, por la vida también, por supuesto. Pero estamos con la muerte ahora. Una muerte de la cual siempre –o casi siempre– se resucita. Pero para volver a morir. Para volver a perderse en la blanca agonía. En ese momento no lo sabemos, pensamos que es para siempre, que morimos para siempre. Incluso algunos le tienen miedo a la blanca agonía. Yo le tuve miedo muchas veces. En esos momentos hay que “saber apretar los dientes”. Eso es importante.
Entonces, volvamos, sigamos: instalados en el presente pero con el oído torcido, desviado, la oreja estirada, apuntando al futuro incierto, los trazos en el blanco dibujando un paisaje que falta, que no existe, y que tal vez nunca llegue a existir, porque si de algo trata la escritura es de fracasos. Nada de pueblos “tercermundistas”, ese kitsch que inventó Deleuze con Guattari; jamás tercermundistas, latinoamericanistas, etc. Jamás. Un paisaje nuevo, que falta, que aún no ha sido concebido, que no ha sido escrito hasta el momento en que alguien se decide a escribirlo. También podríamos decir: un dibujo descubriendo un paisaje. Un paisaje que ya estaba ahí, desde siempre, esperando ser dibujado. O con Céline: una divagación a través de un paisaje. Divagaciones. Maneras, toques, pinceladas. Al principio gruesas, después más finas. Una coma por acá, un giro por allá, torsiones, velocidades, más rápido, más despacio. La página se va llenando. La materia de la que hablaba, el negro y el blanco, el resultado. Hace bien. Y entonces: la blanca agonía, agonizar dibujando, en el dibujo del paisaje, ahí, morir en el paisaje (escribiéndolo) antes de que el paisaje nos mate a nosotros (escribiéndonos). Porque el paisaje también escribe. Hay que estar muy atentos. La atención es clave para que no nos escriba el paisaje. El paisaje está hecho de palabras, compuesto por palabras, y así como no hay que matar a las palabras tampoco hay que dejarse matar por ellas. No hay que dejarse matar por el paisaje. Que va a hacer, por su lado, todo lo posible por matarnos. Somos nosotros los que cabalgamos el paisaje y no al revés. Y para eso hay que estar en guardia, no dormir, no irse a dormir y dejar dibujando el paisaje a un escriba que no sabe de melodías, de ritmos, de variaciones, de matices, de “expresiones torpes”, y mucho menos de las veleidades de la blanca agonía. Es lo que se ve mayormente en la literatura de nuestros contemporáneos: libros que están “bien” pero que no han sido escritos (Joyce).
Ese cisne muerto en el paisaje helado lo hemos dibujado nosotros. Evitando siempre el amaneramiento, la voluta, el ornatus, hay que olvidar el ornatus, enterrarlo: la forma es vacío (o contenido) y el vacío (o contenido) es forma; o si no, con Flaubert: “el estilo es una manera absoluta de ver las cosas”. Es decir, el motivo es el poema, la novela, etc. Evitando también el hermetismo, la tentación del hermetismo, la opacidad, lo excesivamente opaco, las ideas, el “programa”, la cosa fácil, en suma, la facilidad del idioma difícil. Evitar todo eso. Por más “inauténtica, totalitaria y opresiva” que sea la atmósfera de los tiempos, no hay razones para practicar un hermetismo programático. Ni qué hablar de las afectaciones, los manierismos, la gravitas y la gola de los “bombines de mármol” (Lorenzo García Vega), vivos y muertos. Bombines herederos directos de los “charlatanes de la gravedad” de Baudelaire. Bombines que escriben poemas. Poemas y novelas escritos por bombines con el único fin de “ocultar los defectos del alma”, como sentenció La Rochefoucauld en una de sus máximas.
No caer, pues, por la pendiente fácil del remilgo, del cultismo; no imitar los gongorismos de las almas rebuscadas, ridículamente bellas: la blanca agonía no concibe efectos, no concibe planes: el buscar que a ellos les parezca griego, chino, cosas así. No hay que cerrar el círculo, como proponía Cané hijo; no que hay que dejarse arrastrar por la pasión aristocrática. Los monos a veces pueden recibir piedras preciosas. La fantasía paradojal de Libertella, del aristocrático Libertella: 1.200 millones de monos de la selva amazónica colgados de la rama con un libro nuestro –la piedra preciosa, el oriental zaffiro– en la mano. No se la merecen, no la van a apreciar, pero la pueden recibir. Ahora bien, si la reciben, nunca es calculadamente; no me digo: a este mono, una piedra preciosa. Eso no. Tampoco: a éste, nada, ni agua. Eso tampoco. Ni para un lado ni para el otro. Esto es muy importante.
Vamos a decirlo de vuelta, porque hay que subrayar: la blanca agonía no concibe nada de antemano; ni siquiera se plantea conmover, emocionar. Le gustaría emocionar, tal vez, o entretener, “alegrar el corazón de los hombres”, como el aeda antiguo, o el juglar medieval, que cantaban la hazañas de los héroes para producir una emoción, el efecto poético, lo que algunos hoy llaman “poesía”. ¿Por qué no? No hay nada malo en eso. Pero no lo piensa, no lo anticipa, no dice “con esto seguro que emociono”: la blanca agonía no planea estrategias, efectos a futuro, los “designios preestablecidos”, esos clasicismos que prescribía Edgar Allan Poe.
Hay toda una serie de colgajos, ahí, que hay que evitar, eso es importante: sacarse los aderezos, las estolas, los sucios atavíos. Agonizar, siempre, como el viejo cisne, que, incluso ya muerto, sigue sacudiéndose, sin embargo, con cada movimiento del cuello, la blanca agonía. Porque, ojo, la blanca agonía es también algo de lo que en algún momento hay que liberarse. “Abolir los valores en el mismo momento en que los descubrimos”, proponía Francis Ponge. No hay que quedarse alelado en la blanca agonía. Hay que moverse. No se puede descansar, como escribió Wittgenstein, en una excursión por la nieve: cabeceás y morís en el sueño. Ese es uno de los mayores peligros que corre el paisajista: agonizar en la blancura. El sueño húmedo de las blancas palomitas. Quedarse con los ojos levantados al cielo, la boca abierta, un hilo de baba cayendo al suelo: como Benjy Compson. He visto a los mejores espíritus de mi generación caer en esos arrobamientos. Y a los que vinieron después también, los he visto, y los veo todavía, ahora mismo, siguen entrando, todos los días hay uno nuevo que se sube a la carroza. La carroza está llena pero siempre hay lugar para uno más. Desde arriba le estiran una mano, hay que darle una mano al que quiere subir, es de los nuestros, mírenlo, lleva la devoción en el rostro, la muerte en el alma, tiene todo un porvenir. Casi siempre aciertan. Una vez que logra subir y recibe las primeras llanezas, las primeras palmaditas en la espalda, abre la boca y ahí se queda, con los ojos en blanco hasta el fin de sus días.


II

La blanca agonía tiene dos adversarios. Tiene varios, en realidad, son muchos los adversarios de la blanca agonía, pero hay dos bien reconocibles. Están ahí, al doblar la esquina. El primero es el devoto apresurado, una figura que, desde que fue acuñada por Flaubert allá en el siglo diecinueve, no ha dejado de multiplicarse, y en estos últimos años, particularmente, de manera exponencial. Por todos lados vemos devotos apresurados. Al menos yo los veo.
La blanca agonía es, así, invisible –e inaudible, fundamentalmente inaudible– para el devoto apresurado. Si se la cruza en el camino, en su apuro, la deja pasar, no la ve, no la escucha, no la registra. El devoto apresurado está, como se dice comúnmente, en otra. Va en la suya, ido. Absorto, compenetrado. Y un poco en Babia, también. Las dos cosas. Pensando en su pasión, en su triste pasión. Siempre ansioso por ponerla en práctica. ¿Y cuál es esa pasión? Una pasión cualunque, de lo más vulgar: ponerse de rodillas. Simplemente. Ese es su arte, su expertise. Casi un vicio. Un vicio modesto. El devoto apresurado ve algo, escucha algo, y se arrodilla. Es lo primero que le sale, no puede evitarlo. Lo suyo es “la oblicua genuflexión”. Se hace devoto de todo lo que cae en sus manos porque en todos lados ve algo de lo que hacerse devoto. La novedad lo embelesa. Busca desesperadamente, frenéticamente, incluso, el devoto apresurado, novedades en las que depositar su devoción. Anatoli Gaiman: “La literatura contemporánea –toda– es un túnel poco atractivo, lleno de basura, entre el pasado y el futuro”. Gran verdad. Pero esa verdad –en el caso de llegarla a escuchar, ya que en general, como dijimos, escucha muy poco, es casi sordo, el devoto apresurado– no lo interpela, no le resuena en ningún lado, le entra por la oreja izquierda y le sale por la derecha. O viceversa. Es más: no hay nada que le interese más al devoto apresurado que el túnel poco atractivo y lleno de basura de lo contemporáneo, ese “mal momento que pasar”, como lo describió Henri Meschonnic. Ese mal momento que pasar es la pastura predilecta del devoto, su campo orégano. No puede salir del presente, de la actualidad, de “la prisión de lo Actual” (Carlyle). Pobreza del devoto, del pobre devoto. Veinte años para atrás, treinta, cincuenta a lo sumo: hasta ahí llega su inquietud. Siente, a veces, de tarde en tarde, sentado bajo el peral, un poco de culpa por su cómoda parálisis, por su confort intelectual, pero no la suficiente como para dejar la devoción y entrar en –y mucho menos salir de– la experiencia soberana de la blanca agonía.
Bataille: “Aquel que ya sabe no puede ir más allá de un horizonte conocido”. El devoto sabe todo y se encierra en su cáscara de nuez y se proclama rey del espacio infinito. Se engaña, sí, como todos, pero él un poco más. Si se lo acorralara, jamás reconocería que es un holgazán. Pero lo es. Si saliera, el devoto, por un momento de su holgazanería y se fuera para atrás cincuenta, cien, quinientos, mil, dos mil o tres mil años, se daría cuenta de la inmensidad del orbe. De que por todos lados hay mares y montañas. De que hay mucho, muchísimo, demasiado, por descubrir, y de que su vida es muy muy pequeña, además de muy corta, por supuesto, como la vida de cualquiera, devoto o no devoto. Y se daría cuenta, también, de que todo ya se dijo, de mil maneras, de que no hay nada más que decir ni que inventar. Se daría cuenta, tal vez, de que escribir, como dijo Blanchot, no tiene ninguna importancia, de que escribir no importa. Tomaría conciencia de que en eso reside todo: de que la escritura se juega –toda– en ese gesto. De que todo sale de ahí, de esa libertad, y de que en el fondo no hay nada más que una huella propia, única, personal; de que no hay nada más que una singularidad –una bella singularidad sin importancia. Una singularidad que no viene dada, que no va de suyo. Que hay que aprender a edificar. Aunque a nadie le importe.
La singularidad de la blanca agonía, entonces. Eso es todo, en la escritura, no hay más allá. No hay nada más allá de la blanca agonía. Que es, también, el más allá del lenguaje, lo no comunicable, la materia no verbal que se resiste al mercadeo, al intercambio, todo ese mundo del que no se puede hablar y del que es mejor callar. (O no, pero esa es otra cuestión en la que no vamos a entrar ahora.) Constatar, precisamente, que no hay más allá que una blanca –y dulce, no olvidemos que también es dulce– agonía lo llevaría, al devoto apresurado, a sentirse vacío, vaciado. Y un poco solo, sí, también. Y nadie quiere sentirse solo.
Por eso el devoto apresurado muchas veces se hace amigo del hombre de la multitud, el otro adversario de la blanca agonía, creado por Poe en 1840. Los dos son socios del club de los aplausos mutuos. Juntos conforman un rebaño de lo más tupido, de lo más simpático, se hacen compañía. Los dos contribuyen a la compañía. De eso hablan casi todo el tiempo: de la compañía. ¡Ah, quién tuviera una compañía! Ellos la tienen, tienen esa suerte. El hombre de la multitud (o mujer, mujer de la multitud: hay muchísimas mujeres, miles, cientos de miles, millones de mujeres de la multitud, así como también devotas apresuradas, por supuesto) es el sujeto que se agita aquí y allá, por todos lados, por espacios físicos o virtuales, siempre angustiado, siempre en busca de compañía. Sin compañía no puede escribir, nada, no puede hacer nada sin compañía, el hombre de la multitud. Si el poema o la novela no tienen compañía no los puede leer. Así que sale a tomar café con el devoto apresurado y se hacen compañía hablando de la compañía, de la literatura de compañía.
La blanca agonía es, también, invisible e inaudible para el hombre de la multitud. Huele, él, que ahí, en la blanca agonía, está la soledad. Y le huye. Con razón. Es que para él no hay mundo posible si no hay también una compañía. O la posibilidad –el anhelo– de una compañía. De un exterior, un afuera, del que se busca ingenua y torpemente dar cuenta: una literatura al servicio de, que hable de, etc. La blanca agonía no conoce servidumbres. Ni siquiera hilos de los que no hay que apartarse: “el hilo se pierde y se encuentra, y se pierde otra vez, fatal, no hay otra posibilidad” (Hugo Savino). Fatalidad de la blanca agonía en la que las cosas afloran y se disipan rápidamente. Para después volver a aflorar. Espejismos de la blanca agonía. El “hilo conductor latente”, que está y no está. “Todo ocurre en hipótesis: evitamos el relato” (Mallarmé). Ninguna certeza, ninguna confirmación, nada de lo que aferrarse. Desprendimientos, desmoronamientos. Entrar y salir de la blanca agonía. Es importante salir, muy importante, ya lo dijimos, no quedarse haciendo la plancha en la blanca agonía. No hay que encandilarse con el blanco ala de la blanca agonía. No hay que ser opa. Un poco de terror, entonces, para volver al principio; un poco de terror como acicate. Un poco de esa cárcel que no es cárcel, de ese terror que no es terror. Un poco de ese viejo vértigo, de ese mundo antiguo. Un poco, solo un poco, “lo justo para abrir los ojos”. Y sobre todo los oídos. Porque si no abrimos los oídos no hay blanca agonía. No hay nada, en realidad, si no se abren los oídos. Lo justo, entonces, para no caer en los relatos sin vida del devoto apresurado, del hombre de la multitud. Una falta de vida imposible de conciliar con la blanca agonía. Frases y versos que pesan como lápidas. O que no pesan nada. Que ni siquiera fueron pesados: ya nadie pesa nada, en realidad. Y de medir ni hablar. Frases y versos que fueron dejados en la página con la misma displicencia con que se deja en el inodoro la caca matutina. Lo dicho y escuchado un millón de veces pero peor. Cada vez peor, siempre el mismo devenir a peor. Nada que ver con el worstward ho de Beckett, claro; tampoco con la aspiración a escribir algo peor de Oliverio Girondo. Nada que ver con esos naufragios. (No solamente hay que desarreglar los sentidos, también a veces hay que encrapularse. Deliberadamente.) Nada que ver este peor manco e indolente de los poemas y novelas que leen y escriben estos dos amigos inseparables con el peor bienaventurado del periplo beckettiano. Acá es el monótono compás de frases y versos que ruedan como albóndigas por una escalera empinada: siempre un escalón más abajo, un escalón más abajo, un escalón más abajo. Dejando a su paso, en su caída, una huella deslucida. Reunidos luego y publicados en coloridas ediciones. Para regocijo del devoto apresurado y del hombre de la multitud, siempre ávidos de nuevos aburrimientos.
“Las bellas libertades de actuar muy contrariamente al uso conocido.” Eso. Mallarmé, otra vez, empezar y terminar con Mallarmé, en la tour d’ivoire, allá arriba. Escupir a través de las almenas de la tour d’ivoire. Para ir terminando, sí. O sea: la libertad de actuar contrariamente, muy contrariamente, a los usos conocidos. Al fondo de lo desconocido hasta encontrar lo nuevo, sí, también Baudelaire, el precursor. Hasta encontrar la belleza de la blanca agonía. Contrariar las costumbres a la vista y al oído. Las costumbres de la época, que la infectan y la atraviesan de punta a punta. Incluidas las propias, ya que uno está también en la época, lamentablemente, ojalá pudiéramos salir de la época pero no se puede. Desmontar las taras personales, los tics. Estamos llenos de tics. Hay que detectarlos y eliminarlos como si fueran células patógenas. No hay blanca agonía posible, si no. “Siempre hay que escribir, pensar, sentir contra sí mismo”, decía Gombrowicz. Exactamente. Escribir para morir. Para matar lo muerto en uno, lo que ya no respira, lo que no late. O eso que nos mata, que nos aplasta, que no nos deja movernos. O que nos limita los movimientos. “Los incontables clavos que remachan la cadena del hábito” (Charles Lamb). Las ideas, las pesadísimas ideas. ¡Ideas, ideas! Todo ese paisaje que nos escribe y nos quiere seguir escribiendo hay que matarlo entonces ahí en la batalla de papel de la página en blanco. Sin misericordia. Se muere, sí, también, para escribir. “Para escribir necesito aislarme, no como un ‘ermitaño’, sino como un muerto” (Kafka). Nada de opiniones, de reflexiones, de “verdades”, de sentimientos, incluso; “la personalidad del autor, ausente” (Flaubert), no olvidar. Se muere, así, para poder escribir. Sin esa muerte no hay escritura. No hay ni siquiera vida, en realidad. No hay nada sin esa muerte. Sin esa muerte hay solo vanidad y apacentarse de mentiras en el viento. Morir para escribir, pues, una vez más.
Pero no olvidar también que la escritura es, por su lado, una manera de morir. De eso estuve hablando. Y este escribir para morir es tanto o más importante que el morir para escribir. No la única manera de morir, por supuesto. Una de las tantas. No es necesario escribir para morir. Hay muchas maneras de morir. Se puede morir sin escribir. Y vivir también, claro. Hay muchos, muchísimos, que viven y mueren sin escribir, no hace falta decirlo. Ya me estoy embrollando. Termino. Escribir entonces para morir. Pensar en eso, concentrarse en eso. O para aprender a morir, si se quiere. Escribir para perderse. Osvaldo Lamborghini: “Se empieza a escribir para no ser comprendido por la familia, luego por los amigos, y al final es uno el que no se comprende”. Escribir para entenderse cada vez menos. Para agonizar en el blanco de la página como el cisne de Mallarmé.

viernes, 13 de julio de 2018

Los últimos días de Samuel Beckett*


Por John Wallace


Aunque tuvo una salud robusta a lo largo de su vida, el escritor Samuel Beckett sufría de enfisema, agravado por años de fumar cigarrillos baratos en los cafés y bares de París. En 1986, sin embargo, tenía 80 años y su salud empeoraba seriamente.
Beckett había padecido ataques ocasionales de disnea, y por esta época comenzó a usar oxígeno con mayor frecuencia. También había sufrido algunas caídas y sus amigos empezaron a sospechar que no comía bien cuando estaba en su casa.
En julio de 1988, el escritor irlandés se cayó en el departamento parisino que compartía con su mujer, Suzanne [Déchevaux-Dumesnil]. El médico de Beckett lo trasladó a un hospital local para determinar la causa de la caída.
Luego el joven doctor arregló todo para trasladar al ganador del Premio Nobel, ahora un hombre rico, a un asilo de ancianos llamado Le Tiers Temps, cuyo significado, según la interpretación, podría ser “la tercera edad”, “el tercer tiempo” o “tercera parte”. El asilo quedaba en el 26 de la rue Rémy-Dumoncel, en el distrito 14, una zona modesta de la capital francesa. La decisión resultó controversial.
El traslado de Beckett al geriátrico municipal se vio como “inapropiada” y los visitantes quedaban impresionados al verlo en esa austera institución estatal. El lugar, para algunos, era sórdido, y ciertas visitas se horrorizaban al ver dónde estaba viviendo. Su habitación fue consideraba por su médico como “inapropiada y producto de una mala gestión”.


Simpáticos viejitos

Al igual que muchos pacientes, Beckett veía las cosas de manera diferente. El asilo era pequeño, íntimo y sencillo. Su habitación tenía un aspecto simple y monástico que a él le agradaba. Le gustaba la rutina del lugar y las visitas a veces hacían comentarios sobre los “sorprendentemente simpáticos viejitos que miraban la televisión” en el camino a verlo a él. Cuando fue admitido en el hogar, se comprobó que Beckett estaba muy desnutrido y sus amigos reaccionaron llevándole montones de fruta. También era propenso a la soriasis y a los eczemas, y al igual que muchos personajes de sus obras, tenía “trastornos en los pies” y “problema con las articulaciones”. El cuerpo, para él, siempre fue una máquina inclinada a un mal funcionamiento.
Fue internado para realizar un tratamiento de fisioterapia para sus piernas. No obstante, mantuvo una rutina de caminatas, después de las cuales recibía a las visitas y tomaba con ellas un vaso de whisky Bushmills. Sin embargo, intentó mantener en estricto secreto sus paraderos. Sus caminatas contemplativas a menudo lo llevaban a la Rive Gauche y también a varios cafés ubicados a lo largo del recorrido, en los que aparentemente era difícil pagar si uno estaba en su compañía.
La residencia geriátrica era un establecimiento bien modesto, una casa grande, amplia, que anteriormente había sido un hospital maternal. Como la mayoría de los doctores, he visitado pacientes en residencias de ese tipo. Beckett tenía un cuarto para él solo, con un baño pequeño en un anexo al fondo y pocos muebles. Las paredes de la habitación originalmente estaban pintadas de color azul oscuro. Más tarde el cuarto fue redecorado, pusieron un empapelado que a Beckett no le gustó –al igual que a Oscar Wilde, los empapelados no le gustaban.
Tenía un ropero y también un estante en el que guardaba una biografía de Oscar Wilde y otra de Nora Joyce. Beckett también se dio el gusto de comprarse una heladerita de color marrón, que estaba ubicada en un rincón, al lado del tubo de oxígeno. La televisión en la que veía los partidos de rugby entre Irlanda y Francia era prestada.
Como en muchas instituciones de ese tipo, su cuarto tenía un falso candelabro con tres lamparitas que colgaba del centro del cielorraso. No tenía teléfono, así que los demás residentes se acercaban servicialmente a su habitación para avisarle cuando recibía una llamada.
Había un pequeño patio con un árbol justo frente a su cuarto en el que podía alimentar a las palomas. También había una alfombra verde antideslizante a lo largo de la pared del pasillo para la seguridad de los residentes más ancianos. Beckett se refería al hecho de caminar por la alfombra como “un paseo por la franja de Gaza”.


Doctores

Samuel Beckett insistía en que se sentía muy cómodo en el hogar, y, ciertamente, hubiera sido un solitario en cualquier otro lugar. Su joven médico de cabecera venía frecuentemente con cigarrillos, un diario y un whisky Jameson. Si Beckett se lo pedía, el médico organizaba una salida al campo en auto.
Siempre cortés y a veces divertido, Beckett salía a caminar todos los días, especialmente hasta el correo. Un nuevo libro de fotografías de la fotógrafa Françoise-Marie Banier lo muestra en uno de esos paseos. En estas caminatas, pasaba frente a la casa de un amigo irlandés que lo había cobijado muchos años antes, la primera noche en la que huyó de la Gestapo, después de la ocupación nazi de París.
Beckett terminó también apreciando a las enfermeras del asilo y no se sentía preocupado por el escenario médico en el que ahora se encontraba, ya que estaba acostumbrado a los entornos médicos. Había sido chofer de ambulancias de la Cruz Roja irlandesa en Francia luego de la Segunda Guerra Mundial. Su madre, Mary Jones Roe, había sido enfermera en el Hospital Adelaide de Peter Street en Dublín, en donde conoció y cuidó a su futuro esposo antes de casarse el 31 de agosto de 1901.


Primer amor

Además, los dos tíos de Beckett habían sido médicos. Sus mejores amigos, Geoffrey y Alan Thompson, también fueron médicos, y su primer amor, Ethna McCarthy, fue una doctora egresada del Trinity College de Dublín (tcd). Beckett redescubrió su amor por las palabras en el asilo y escribió su último poema, “What is the Word”, en esos días. El primer poema de Beckett fue “Whorescope”. Lo escribió en 1930, y también publicó cuatro poemas en París en 1931, si bien todavía era profesor en el Trinity College. Empezó a verse a sí mismo como un poeta, y finalmente cortó lazos con la academia. Como resultado, pasó a vivir de “pequeñas sumas caritativas” que le enviaba su familia en Foxrock. Se había rebelado contra sus nociones de respetabilidad y su situación financiera era casi siempre sombría.
En 1935, mientras vivía en un altillo en Clare Street, en Dublín, publicó trece poemas titulados Echo’s Bones. Las ventas fueron desalentadoras. A partir de 1940, escribió casi siempre sus poemas en francés, en trozos de papel, cuentas de café y hojas con membretes de hoteles.
A menudo tenían como máximo siete palabras. Su último poema, escrito en el asilo, fue incluido en una edición reciente de su poesía completa, editada por David Wheatley.


Final del juego

En julio de 1989, la mujer de Beckett, Suzanne, falleció, y él regresó al asilo luego del funeral. A pesar de la pérdida, a Beckett se lo vio entero, aunque ligeramente alterado hacia el final de la ceremonia. El 6 de diciembre, fue encontrado inconsciente por una enfermera. El director del asilo se comunicó con su médico y con el hospital local.
Mientras era llevado en una camilla, Beckett les gritó a sus compañeros residentes que volvería (I’ll be back!). Enterándose de que estaba enfermo, Eoin O’Brien, profesor de Farmacología Molecular del Instituto Conway de la University College de Dublín, viajó desde Dublín para verlo. El 19 de diciembre Samuel Beckett había entrado en coma.


Rechazado por veintisiete editores

A pesar de que nunca se había sentido a gusto en el mundo, el final de partida tampoco le resultó fácil. En sus comienzos, sus libros fueron rechazados por veintisiete editores. Aun así, persistió y redefinió las posibilidades de la ficción. Sin embargo, comenzó y terminó su carrera en la poesía.
Uno de los más audaces escritores del siglo veinte murió en la mañana del 22 de diciembre de 1989, de una falla respiratoria. Su funeral fue privado y secreto. Fue enterrado con Suzanne, el 26 de diciembre, el día de San Esteban, a las 8.30 de la mañana, en el cementerio de Père-Lachaise, en el distrito 20 de París.
No hubo discursos, pastores, ni servicio religioso. Habiendo alcanzado los 83 años, antes de ser finalmente perdonado, había recorrido un largo camino. Durante semanas luego del entierro, su tumba fue atestada de flores y mensajes escritos en hojas arrancadas de cuadernos y en boletos de subte.

Traducción: M. Dupont

(*) Publicado en el Irish Medical Times el 21 de abril de 2010.