"En el lenguaje es siempre la guerra" (Henri Meschonnic)

lunes, 11 de marzo de 2013

Un zapero haciendo zapping*

Por Eric Mazet


Soy de la opinión que una Obra se defiende sola y que resiste a las críticas y las denigraciones si ella es humana y, en consecuencia, conmovedora y lírica.
Jehan Rictus, Cartas a Annie, 15 de octubre de 1911


Cuando afuera está tan lindo, ¿qué sentido tiene encerrarse a escribir para responderle a un enano de jardín? Celine se defiende bien solo. Los lectores del Boletín celiniano han leído, leerán muchas otras filípicas. Resta escribir para el joven profesor que se sintió desorientado con la primera lectura de Rigodon y que creyó comprender el porqué leyendo el Contre Céline de Martin. Decirle que hay cosas mejores para leer que ese panfleto de retaguardia. Que el Céline scandale de Godard es más serio y profundo. Contre Céline es retrógrado. Es mejor que lo de Bounan, pero peor que lo de Crapez. Martin se hace el Kaminski, se hace el astuto, hace lo que puede, pero lo que hace no es serio. La trilogía alemana de Céline en la Pléiade data de 1974, y Martin se tomó veintitrés años para ofuscarse. Rigodon es, para él, tan “racista y fascista” como Bagatelles. Los investigadores, tesistas, críticos, estarían hechizados con una musiquita cuyas palabras serían el estribillo del racismo biológico. Los aficionados o apasionados de Céline serían todos, entonces, racistas inconscientes o declarados. Se hace zapping en las citas, se sospecha del lector, se lo acusa de perfidia, se lo amenaza con eliminarlo. Gilles Tordjman se animó a escribirlo en Les Inrockuptibles, luego de la lectura de Bounan. El caso del rockero que desafía a Beethoven, del grafitero que insulta a Picasso. La subcultura tiene sus autos de fe donde ella es la primera que se prende fuego.
Jean-Pierre Martin es más astuto. En nombre de Robert Antelme, de Primo Levi y de Charlotte Delbo, se las agarra con Julia Kristeva, Philippe Muray, Stéphane Zagdanski, y con todos los admiradores del escritor que olvidan en la lectura de Viaje, Bagatelles o Rigodon las atrocidades cometidas en los campos nazis. Es la técnica de collage cara a los surrealistas: superponer las imágenes creando un vínculo lúdico. A Martin le gusta Henri Michaux, le consagró un libro. A mí también me gustó Plume, ese hermano gracioso y frágil, sus astucias, avatares y heridas, en tiempos en que los juegos intelectuales eran suficientes para darme placer. A los veinte y pico, había leído todo Michaux, me había gustado todo, incluido sus escritos sobre drogas, sin caer por eso en la toxicomanía. Y luego me encontré con otro desdichado, Ferdinand Bardamu, un muchacho no menos gracioso, más humano y sufriente, que hablaba de la desgracia de vivir, con emoción, como médico, sin jugar con las palabras. Y leí todo, me gustó todo Céline, incluidos los panfletos políticos, sin por eso adoptar su vehemencia ni casarme con sus arrebatos. ¿Michaux empujó a la droga, a la muerte, a algunos de sus lectores, al describir los efectos de la droga? La pregunta permanece sin respuesta. ¿El escritor es responsable de todos los lectores que invocan su nombre? Ya no podemos saber si Celine empujaba a sus lectores a la violencia, en nombre de sus escritos políticos, él, que escribía para que no hubiera Segunda Guerra, ni masacres ni cadáveres.
Es una suerte poder apreciar escritores tan diferentes, opuestos en sus ideas políticas como Céline o Genet, Rictus y Hugo, Voltaire y Rousseau. ¿Hay que ser católico, integrista, para abrir el Diario de Bloy? ¿Hay que tomar mezcalina y nicobion para lanzarse a Las Grandes Pruebas de Michaux? ¿Hay que ser colérico, hebertista, hitleriano, anarquista para escuchar los grandes órganos de Céline? O, por el contrario, ¿hay que ser sordo para no escuchar, detrás de su música, más que la horrible orquestación de Treblinka, y no la danza macabra de todo nuestro siglo veinte? A Martin no le gusta el Céline de los panfletos políticos. Está en su derecho. Pero ver en Céline sólo a un escritor político y pasar al lado del mensaje estético es no saber leer o dar prueba de mala fe. Es surfear de una cita a la otra, zapear de un capítulo a otro. Hacer del más grande escritor del siglo el autor de un folletín político. Martin se presenta vestido de humanidades, declara a Céline antihumanista, no le gusta Céline y sospecha de cualquier celiniano de crimen contra la humanidad. Es lógico y es idiota: es ideológico. A Martin le revienta que hayan honrado a Céline en papel Biblia, que le hayan consagrado cuatro volúmenes en Pléiade.
Queríamos creer que hacia finales de este siglo veinte los finos letrados iban a volverse más sabios, menos fanáticos, menos pesados, más matizados, más libres. Nada de eso. La crítica marxista sigue siendo pesada como siempre, sigue pegando etiquetas, brazaletes infamantes, haciendo siempre la misma lectura selectiva, moral, política. Algunos continúan leyendo en Zola sólo el realismo, dejando de lado los paisajes líricos o cómicos, otros leyendo en Sade sólo al pornócrata, evitando al libertario, en Baudelaire al opiómano olvidando al místico. Marcel Aymé denunció al “homo rationalis” en El confort intelectual, el lector prisionero de sus libros de Historia, de las teorías filosóficas, de las ideologías políticas y sociales, incapaz de todo lirismo, inepto para toda emoción. Martin me recuerda a los católicos que no pueden reír con Voltaire, a los ateos que no quieren leer a Léon Bloy, a los machos que vomitan con Genet, a los racionalistas que desprecian a Baudelaire, a los republicanos que rechazan a Chateaubriand, a los igualitarios que tratan a Nietzsche de facho. Martin coincide con Jean Madiran, el director del diario Présent, que ayer declaraba: “No es precisamente la lectura de Céline la que reanimará en Francia el espíritu de sacrificio, el honor de servir, el amor a la patria, la fe en Dios”. ¡La misma bolsa de avena!
¿Intentar “remontar el Niágara de las estupideces a nado”, como le decía Céline a Paraz, disuadiéndolo? La primera página de Martin ya contiene tres errores. Detalles para un no-celiniano como Martin, pero significativos de su mala fe. Martin ve a Céline “a comienzos de 1960”, “ya casi beatificado” (p. 9). Es olvidar la conspiración de silencio de gran parte de la prensa en contra de Céline, las difamaciones constantes sobre su pretendido vínculo con Vichy, el desprecio con el cual lo reducían en los manuales escolares a la categoría de “escritor populista, guarango y antisemita…”. Jacques Darribehaude se presenta a Céline como un “ario pura sangre”, según Martin: d’Arribehaude, nativo del sudoeste, más bien “narbonoide”, ¡y voluntario de las Fuerzas francesas libres a los diecisiete años! ¡Caramba! ¿Martin tiene suficientes títulos honoríficos como para burlarse de ese “joven discípulo”?… Ciertamente nunca tuvo tanta libertad de espíritu como d’Arribeaude… ¿Céline hoy en día “objeto de un culto integrista y devoto”? Martin no debe haber leído las Actas de los coloquios celinianos publicados desde 1975 por la Sociedad de estudios celinianos. Ninguna devoción, ningún fanatismo. Más bien todo lo contrario. Prudencia, crítica. Allí fueron muy aplaudidos los Willy Szafran y las Alice Kaplan que no trataban bien a Céline. Philippe Alméras participó en cuatro coloquios con éxito. Hay de todo entre los celinianos. Que Martin se tranquilice. La mayoría de los tesistas celinianos sienten una fuerte aversión por el autor de Viaje, se declaran rotundamente hostiles en el preámbulo, y estudian su literatura con muchas precauciones. Algunos no reconocerán jamás el vergonzoso placer que les produce escuchar la famosa música. Pero todos reconocen que, “a pesar de su estupidez, a pesar de su fealdad”, el monstruo era un genio.
Nada de matices en nuestro Martin. Ninguna ambivalencia. Observaciones yuxtapuestas, citas superpuestas, cuyo hilo conductor es la denigración. Página 11, Martin pretende haber observado que “a lo largo de los libros, la bondad ostentatoria del médico de los pobres se repartió con constancia”: “los niños, los animales, el gatito, los viejitos”. No es haber leído Semmelweis, Viaje, Muerte a crédito, donde los niños enfermos, los caballos y los perros, los viejos sufrientes, ya tienen un lugar privilegiado. Pero Céline, luego de la guerra, buscaría ocultar “su maldad” (p.12), ¡y Martin encuentra esta compasión por los seres débiles en los electores de Le Pen! ¿Hay que estallar en un carcajada delante de tal mala fe o dejar caer los brazos ante tales razonamientos? Martin toma a sus lectores por tarados. ¿Baudelaire, que amaba a los gatos y a los viejos, y que desconfiaba del comercio americano, escribía entonces para los lepenistas, que serían culpables de disfrutar de sus poemas? Si todos los seguidores de Le Pen apreciaran el genio lírico y cómico de Céline, serían electores muy diferentes a los de esos politicastros de izquierda y de derecha. De un castillo a otro o Rigodon son más liberadores que Télérama o Libération. A menos que se prefiera la política a la literatura, la prosa periodística a la poesía lírica.
Martin quería escribir un ensayo sobre la oralidad en la novela francesa del siglo veinte. En lugar de comenzar por el gran iniciador, comenzó por los epígonos. Ya nada nos sorprende cuando nos enteramos de que Martin compara a Sarraute y Duras, a Queneau y Pinget, en su aporte de oralidad a la prosa novelesca (p. 16), con la lengua de Céline, que busca más la emoción poética natural que la simple transcripción del lenguaje hablado. Otro profesorcito que confunde el lenguaje oral y la lengua emotiva. Céline sólo se sirve del lenguaje hablado para expresar el lenguaje interior del hombre. Nada que ver con los dicharachos que se dicen en los bares o los juegos intelectuales. Comparar los ejercicios de estilo de un Michaux o de un Perec con el lirismo de Viaje al fin de la noche es no haber comprendido nada del genio de Céline, sobretodo cuando no se ve en esa novela más que un “romanticismo negro” (p. 17) y se deja de lado su genio cómico, que todos los grandes lectores de la época festejaron. Martin nos dice que el Viaje lo “hechizó”. No es una excusa para hacer de Céline el “gurú” de una secta oscura, y de sus otras obras, castillos a desencantar.
El señor Martin tiene un gurú: Philippe Alméras. ¡Lo reconoce, en la página 19, el pícaro! Ya que Martin no agrega nada a lo de Alméras. Es un resumen mal hecho: sin cosas nuevas, superficial, desordenado. A pesar del bajo continuo del “racismo biológico” que escuchaba en el fondo de todas las músicas celinianas y que lo volvía sordo a los aires más elevados y convincentes, Alméras, sin embargo, disfrutó durante alrededor de treinta años la música celiniana, incluidos sus abismos más oscuros y profundos, incluso si el juego del procurador le divertía más que el de admirador. No es el caso de Martin, que prefiere Claude Simon, Nathalie Sarraute y Georges Perec a Céline, la “literatura que no recruta”, el “viaje que lleva lejos de las ascendencias pequeñoburguesas antisemitas y racistas” (p. 20). Es tener una lectura un poco simplista del Viaje y del resto, una lectura que evidencia el discurso de partido político. Es berrear contra Céline a la manera de Gorki, quien, en 1934, delante de los escritores comunistas, denunciaba a Bardamu como pequeñoburgués, fascista y decadente. ¿Hay que recordarle a Martin que la ideología que preconizaba la “lucha de clases”, esa que deportó a Siberia a los desgraciados que no habían hecho otro mal que el de haber nacido pequeñoburgueses, mató más gente en el siglo veinte que cualquier otra ideología? Lo que la gente como Martin no le perdona a Céline es que sus libros ridiculizan todas las ideologías, tanto la democrática como la fascista, la francmasona como la comunista. Céline no colocaba en la política el remedio al sufrimiento de los hombres, sino en la humildad estética, la música personal, el teatro íntimo, la poesía del alma.
De la revolución celiniana, que él considera sin embargo como una “innovación remarcable”, Martin solo ve “un callejón sin salida de la novela”, “una derrota de la literatura” (p. 21). Ya se ha dicho lo mismo de Beethoven, de Rimbaud, de Cézanne. “La voz de Céline (…) simboliza las lamentables felonías de una voz de escritor que se toma al pie de la letra, que se dice portador de una verdad, que se identifica con una voz encarnada” (p. 22). Ya se ha dicho eso de Rousseau, de Chateaubriand, de Hugo… Pero Martin intenta definir el género literario de la novela, justamente el género más libre de forma, para excluir de él a Céline y prohibir toda comparación de su obra con el poema limitándola al género del panfleto. El profesor Martin se queda en la etiquetas para los escolares que tienen problemas con las definiciones. Y agarrárselas con Godard, que había señalado “el plurivocalismo” de las novelas donde los personajes –como Clodovitz en Guignol’s band, por su carácter simpático– escapaban en plena Ocupación alemana de lo que algunos esperaban después de los panfletos de preguerra.
Profesor Y como Profesor “youpin”1 presiente Martin, a quien a continuación no le faltan las ideas. Podría haber ido más lejos. El nombre de resistente de ese imaginario “gallimardoso” anónimo es “coronel Réséda”. ¿Como la reseda que Aragon opone a la rosa? ¿O más bien la “reseda de los tintoreros” o la “hierba de los judíos”? Pero esta malicia en el título mismo de Conversaciones remite a las ideas estéticas expuestas en Bagatelles pour un massacre y no a las ideas políticas que Céline asimila a “la cólera” al comienzo de esas mismas conversaciones. Cuando Céline se las agarra con Racine tratándolo de judío, no es racismo biológico, sino una metáfora estética: es rechazar un sentimentalismo falso en nombre de una emoción más profunda y vital. Y la “Y” puede comprenderse igualmente como una referencia a la cultura grecolatina, la de los sorbonardos,2 esos que juegan al “yo-yo” en literatura, esos a los que “profesor X” les hubiera sugerido “xenofobia” o “profesor Z” les hubiera evocado “zelote”.
En la serie monótona de alusiones malintencionadas, Martin llama “huida a Alemania” (p. 27) el rechazo de Céline a ser asesinado por un comando oscuro en junio de 1944, y la tentativa de llegar a Copenhague, donde tenía amigos y dinero. Para Martin, que Céline evoque a Le Vigan, Costeau y Laval en la trilogía alemana es “no tener consideración por el lector de los años noventa”, ya que los jóvenes de hoy “no están familiarizados con la colaboración”. ¿Hay que estar familiarizado con el entorno de Froissart o de Joinville para disfrutar de sus crónicas, haber vivido en China para leer Los conquistadores, conocer los “Emanglones” para viajar a “gran Carabagne”? Más de un joven de mediados de los sesenta descubrió De un castillo a otro sin haber escuchado hablar de Sigmaringen, sin saber quién era Rebatet, sin haber escuchado hablar de von Raumnitz. Incluso si los conocimientos históricos pueden duplicar el placer, el genio lírico y cómico de Céline no está atado a la Historia, sino a lo que la convierte en un mundo fabuloso. Uno se pregunta qué es lo que Martin podría apreciar en Swift, a menos que crea en la existencia de los liliputienses. Es “la interpretación de la Historia” lo que le da miedo a Martin (p. 41). Sin dudas, para él no hay más que una sola Historia, la suya y la de los suyos. Pero Voltaire en Candide también interpreta la Historia, y Chateaubriand en sus Memorias, y Michelet, y tantos escritores e historiadores ilustres, con quienes no necesariamente compartimos sus ideas. Entonces, ¿por qué ese reproche a Céline, que es un narrador? No se le exige al narrador exactitud, sino un tono, una gracia, una magia…
Porque a partir de L’Église, para Martin, toda la obra de Céline es racista. No en el sentido estético, histórico, en el sentido de Elie Faure. Sino solamente en el sentido biológico y político, como lo ha repetido Alméras, cosa que nadie contradirá, pero que es demasiado simplificador. Para Martin, Céline no es más que un escritor “comprometido” con la peor de las ideologías. Es no haber comprendido que toda la obra de Céline, de Semmelweis a Bagatelles y Rigodon, denuncia justamente todas las ideologías. Pero según Martin, Céline mismo declara que Rigodon es un libro “comprometido” (p. 44), una última salva negra de ideología y exhibe como prueba absoluta la frase en la que el escritor declara: “791 páginas… ¡uf!... ¿suficiente?… ¡vean ustedes! yo estaba comprometido realmente… se trataba de terminar…”. Martin sólo conoce un tipo de compromiso, el de la política. En la página 923 de la edición en papel Biblia que irrita tanto a nuestro Martin, cada lector podrá constatar que el compromiso del que habla aquí Céline es el que lo vincula a través de un contrato, no a Hitler o a Pétain, sino a su editor, Achille Brottin, es decir, a Gallimard, para terminar su libro y liquidar las sumas de dinero anticipadas.
La exactitud de las citas no le preocupa a Martin, para quien Céline nunca tuvo ideas sobre las penas y las alegrías, sobre la alquímica individuación de los hombres en el curso de su existencia, sobre la vida y la muerte. “¿Céline tuvo ideas verdaderamente?”, se interroga falsamente Martin, respondiendo enseguida que “desde siempre no tuvo más que una: el racismo biológico” (p. 62). Es reducir la obra únicamente a los panfletos políticos, y en éstos, omitir los capítulos sobre Rusia, la literatura, la educación, los ballets. ¡Mejor! Para Martin, a quien los anacronismos no le preocupan, esos “panfletos nazis prefiguran la solución final” (p. 58). En defensa de la tesis de Tettamanzi sobre los panfletos, Serge Klarsfeld, sin embargo poco proclive a una indulgencia cómplice, reconoció que los panfletos, en sus expresiones, no eran nunca homicidas. Sin tener en cuenta esta honestidad, sin tener en cuenta al lector neófito, Martin llega hasta pretender que Céline escribió que había que “desangrar al judío”, sin dar ninguna referencia a este insostenible, inexcusable llamamiento homicida.
¿Era en Les Beaux Draps, panfleto que data de febrero de 1941, el momento de los primeros discursos de Pétain sobre la colaboración anteriores a la ruptura del pacto germano-soviético? ¿Era en L’École des cadavres, que data de 1938, el momento de los acuerdos de Munich? ¿Eran en Bagatelles pour un massacre, el panfleto dirigido contra el Front populaire, pero que tantas imágenes atroces han vuelvo poco legible hoy en día? Busco y encuentro en esa obra compuesta en 1937 en la cólera de un pacifista que rechaza una segunda guerra, página 319, esta hipótesis extrema, desesperada, última, en respuesta a la cuestión tramposa de Gustin Sabayot: “Entonces, ¿quieres matar a todos los judíos?” “Me parece que ellos no dudan demasiado cuando se trata de sus ambiciones (10 millones sólo en Rusia)… Si son necesarios becerros en la Aventura, ¡que desangren a los judíos! Si los sorprendo en sus charadas, empujándome al frente, ¡me los limpiaré a todos sin problemas y sin dejar ninguno! Es la reciprocidad del Hombre.” De una hipótesis execrada, maldita, denunciada en todo el libro, Martin hace un llamamiento, un proyecto alegre, un anhelo abyecto. Es tan deshonesto como leer al revés el título de ese panfleto pacifista.
Bajo el gobierno de Léon Blum, en pleno triunfo de una revolución, la de la alianza de los socialistas con los comunistas, Céline responsabilizó a los belicistas ingleses y americanos, a algunos intelectuales, comerciantes o ideólogos que impulsaban un conflicto europeo contra el fascismo para que triunfara el capitalismo o el comunismo, pero no para salvar a los judíos alemanes, a los cuales los gobiernos francés, americano e inglés les habían negado ayuda antes de la guerra. Criticando el triunfo de Blum, Céline critica a una izquierda que prometía el Paraíso, encaminándose hacia la guerra al contar con la alianza de la Unión Soviética, donde los derechos del hombre no eran más respetados que en el país de Hitler. Ya fueran de la orilla izquierda o derecha del Rhin, Céline quiso alertar a los veteranos del 14 para que no se enfrentaran por segunda vez, gaseándose en las trincheras antes de firmar la paz, y no escribieran cientos de libros sobre la atrocidad de la guerra. Céline preveía la derrota de Francia, donde todos perderían, y donde los grandes vencedores serían los rusos y los chinos. El historiador amateur o militante, dador de lecciones que posa de mártir o de santo, puede condenar la angustia de una generación, y sólo juzgar la Historia en la línea de llegada, con las fanfarrias de la victoria, cincuenta años después de la batalla. Martin es uno de ésos.
Con él volvemos a esos procesos de moralidad que creíamos superados desde hace un siglo. ¿Hay que celebrar a Voltaire por su compromiso en la época del Affaire Callas, excluirlo del Panthéon por su antisemitismo, o simplemente hay que admirar su genio de escritor? ¿Si Dreyfus hubiera sido culpable, el genio de Zola sería menos grande a causa de Yo acuso? Los belgas deberían negar el genio de Baudelaire por haberlos agredido con tanta violencia? ¿Debo encontrar detestables los poemas de Aragon porque hace un elogio de Stalin y porque hay en su poesía un elogio del comunismo? Comparar a Salman Rushdie con Céline es estúpido. Céline era un hombre solo. Sin ningún partido detrás, ni delante, sin lobby. Antes y después de Bagatelles. Jean Prévost y René Lalou, Émile Henriot, desde el Viaje negaron el genio de Céline, así como, desde Muerte a crédito, hicieron lo mismo Beauvoir, Léautaud, Brasillach. Exactamente como Martin hoy.
Hay de todo entre los celinianos: personas refinadas, personas poco cultivadas, judíos, no judíos, anarquistas, verdaderos, falsos, partidarios de la Resistencia, descarriados de la Colaboración, nostálgicos de Stalin y extraviados de Hitler; personas muy simples que encuentran en Céline un lenguaje, una poesía, una comicidad, una filosofía; jóvenes y viejos “que interpretan un papel y se lo creen” alimentando su paranoia vergonzosa; tesistas que se ofuscan sólo con el nombre del Boletín celiniano y hablan de Céline como de una orgía que hay que confesar; arribistas que se etiquetan y se ponen el brazalete, sorbonardos que se persignan, espíritus libres de toda ideología, estúpidos siniestros de todos los partidos.
Ignoro todo de Martin. Salvo que prefiere el “yo” abierto de Montaigne al “yo” terrorista de Céline, y uno se pregunta qué piensa del “yo” de Voltaire, del “yo” de Chauteabriand, del “yo” de Rimbaud. Ignoro todo del “yo” de Martin, salvo que no ha comprendido nada de la ley del lirismo, ¡ya que le reprocha a Céline abusar de un “yo” terrorista! (p. 66). Martin conoce muy poco de la biografía de Céline, ya que trata a Céline de paranoico (p.68), olvidando que Céline, desde el 3 de octubre de 1936, desde Muerte a crédito, estaba amenazado de muerte en Le Merle blanc. Ignoro todo de Martin, salvo que se encoleriza hoy con “la masacre de trescientos algerianos en París en 1961” (p. 70). Podría haber tenido un pensamiento por los civiles franceses asesinados el 26 de marzo de 1962 en Argel, en la Meseta de Glières, por soldados árabes a las órdenes de oficiales franceses. Pero Martin tiene un enojo selectivo. Sarajevo o Sigmaringen le evocan el nombre de tristes campos nazis, Budapest o Katyn no le recuerdan ningún gulag soviético. Martin maneja el martillo neumático, pero deja de lado el martillo y la hoz: lectura estrecha, selectiva, obtusa, deshonesta. Obsesionado con su propia ideología, Martin sólo ve en Céline ideología. Nada más. Céline, para él, es un político, y no un escritor. No puede siquiera meterlo en el mismo plano que a Rabelais, Proust y Kafka, olvidando que Rabelais tomó posición a favor del galicanismo, Proust a favor de Dreyfus, y Kafka contra la manipulación de los procesos, y que sería reducir su genio leyéndolos sólo bajo un ángulo político.
Martin prefiere los escritos de Primo Levi, por su “sabor existencial”, a la obra de Céline (p. 77). Leí Si esto es un hombre, que Primo Levi publicó en enero de 1947 al regreso del campo de Auschwitz donde fue confinado en 1944. Comparar a Céline con Levi es como comparar a Villon con Camus. Son dos planetas diferentes. Levi se pretende objetivo, imparcial, escrupuloso. Testimonia sin enojo sobre el horror de un campo, a veces se pretende poético y humorístico, denuncia la mecánica de una ideología, la atrocidad de un sistema, la muerte-vida de hombres sin nombre convertidos en matrículas. Es un testimonio. Céline es un escritor lírico que rompe todas las convenciones, que lanza un panfleto voluntariamente desmesurado, feroz, contra el Frente Popular (Bagatelles), o contra la guerra, el capitalismo, la miseria (Viaje), para que los hombres de 1914 no se convirtieran en matrículas en 1940, para que no fueran gaseados en las trincheras o amortajados en el barro de Flandes. Levi se dirige al razonamiento y a la sensibilidad, Céline apunta a la emoción y a la poesía. Levi describe las consecuencias últimas de la guerra en un campo, la esclavitud absoluta, donde los amos delegan el poder absoluto a sus sirvientes. Céline quiere denunciar a los responsables de la guerra, a los amos ocultos, o hace un fresco de un país en llamas y bajo las bombas. Dos géneros, dos tonos, dos fines diferentes.
Notemos al pasar que Levi, aunque se preocupa por los Elegidos, los santos y los mártires, critica en un momento, como Céline, a los “judíos prominentes”, “intocables, odiables, tiránicos” que tienen poder sobre los otros esclavos: “Los judíos prominentes constituyen un fenómeno triste y revelador. Los sufrimientos pasados, presentes y atávicos se conjugan en ellos con la tradición y el culto de la xenofobia para hacer de ellos monstruos asociales y despojados de toda sensibilidad”. En Céline, nada de Elegidos. Después de todo, Céline escribió para aquellos que Levi y los “prominentes” llaman “los musulmanes”, es decir, los débiles, los inadaptados, los “no-hombres en quienes la chispa divina se ha apagado” (p. 96). Céline no ha hecho jamás la apología del más fuerte. Martin se cuida bien de no citar el Homenaje a Zola, donde Céline denuncia todos los estados totalitarios.
En el apéndice de Si esto es un hombre, que data de 1976, Levi es claro en su compromiso político: “Los campos soviéticos no son menos deplorables ejemplos de desigualdad e inhumanidad. No tienen nada que ver con el socialismo soviético; sin duda hay que ver allí una subsistencia bárbara del absolutismo zarista, del que los gobiernos soviéticos no han sabido o no han querido liberarse. Cuando leemos Recuerdos de la casa de los muertos, escrito por Dostoievski en 1862, reconocemos allí sin dificultad, en sus grandes líneas, el universo concentracionario descrito cien años más tarde por Soljenitsyne. Pero es posible, fácil incluso, imaginar un socialismo sin campos, como fue realizado, por otro lado, en muchos lugares del mundo. Un nazismo sin Lager no es concebible”. Opinión partidista que millones de rusos no comparten. Entre un campo soviético y un campo alemán, Céline no hacía diferencia. Sin dudas por esa razón, Céline fue conducido al cementerio de Meudon sólo por un pequeño grupo de amigos, la mayoría anónimos, mientras que Primo Levi fue acompañado al cementerio por una delegación del Comité central del Partido Comunista.
Martin adora a Bach y a Monk, es un musicólogo. Joyce, Michaux, Proust, Perec, Duras, Pinget, Sarraute y Simon (p. 82) le ofrecen la verdadera, la pura, la gran música. ¡Céline no! Martin escucha más frases de odio que de música en Rigodon, donde escucha “en el peor de los casos, una fanfarria militar, en el mejor, una ópera wagneriana, a menudo un disco rayado” (p. 85). Joyce en inglés, por supuesto, Proust, evidentemente. Pero la música del nouveau roman, la de Duras, al lado de la de Céline, es un flautín chino. Preferir la armónica de Perec al gran piano de Céline es como preferir un pianista cualquiera de bar a Thelonious Monk. De gustos no hay nada escrito. Cuestión de oreja. Hay pasajes de Bagatelles que me salteo, y me he dado cuenta de que son justamente aquellos en los que no aparece la mano, el estilo de Céline. Pero para Martin, la “lectura estética de Céline es una lectura de complacencia y sumisión al sistema celiniano”. Y agrega en una nota: “No hablo aquí de los incondicionales de Céline, antisemitas notorios y declarados, que aprovechando la rehabilitación literaria, desean una rehabilitación política”. Martin desgraciadamente no da ningún nombre. No conozco ningún celiniano que desee una rehabilitación política de Céline, dado que él siempre despreció la política, defendió al individuo contra las sectas y los clanes, los partidos y los lobbies. Ése es el hilo de Ariadna que une Semmelweis, L’Église, Mea culpa, Homenaje a Zola y lo que sigue para todos los que no hayan comprendido Viaje al fin de la noche. Si descendió durante un momento a la arena política, fue para advertir del peligro, cuando los espectadores se ofrecían al Minotauro en nombre de la ideología. Céline jamás pensó que la felicidad de los individuos podía venir de algún sistema político.
¿Hay que condenar a Rousseau, a Hugo y a Vallès a las gemonías bajo el pretexto de que los responsables del Gulag los daban a enseñar en sus escuelas? ¿Hay que ser católico e integrista para admirar la prosa de Léon Bloy?, ¿francmasón y anticlerical para apreciar los cuentos de Voltaire, monárquico y místico para leer las novelas de Balzac? El fanatismo ordinario del lector en literatura aparece cuando le asigna una misión política a la literatura. ¿Los franquistas no podrían admirar a Picasso y los republicanos a Dalí? Martin les reprocha a los libros de ser “cerrados”, de no darle la palabra al lector. ¿Guernica es una “pintura abierta” o sólo una pintura comunista? Cuando miro Guernica de Picasso no pienso tanto en los mártires de ese pueblo, sino en todos los desgraciados que padecieron un bombardeo. No limito el genio de Picasso al bombardeo de un pueblo, a los nazis, a una fecha, un lugar. Picasso no es el pintor del Recuerdo, sino de todos los Recuerdos, de otro modo no sería el genio que dicen que es. Se puede mirar Guernica pensando en Dresde o en Hiroshima, en todos los bombardeos que vendrán. La historia no comienza en 1933 y no termina en 1945. No importa que los aviones fueran rojos o negros, Picasso pintó el horror, la desgracia de todos los civiles inocentes. Las descripciones de bombardeos en Féerie o en la trilogía ofrecen al lector el mismo sentimiento universal. Antes que parisienses o alemanes, los civiles son víctimas.
Martin lee al revés. Su antirracismo lo ciega al punto de no ver más que racismo en Céline, y no comprender que la apuesta estética lo empujó al delirio político. El cartero negro que abusa de la mucama no le hace reír a Martin. Él nos hace reír mucho menos. Es la metáfora del verlan3 y del rap la que revoluciona la canción francesa. Cuando Céline lanza el burlón “Mi monumento funerario estará en el bachillerato”, Martin traduce literalmente: “Su monumento: a las víctimas de Sigmaringen” (p. 99). Es negar la evidencia de que en la trilogía alemana, una vez más, Céline se burla del homo politicus en cada página. Martin revela su juego, su estupidez y su odio cuando resume su posición (p. 116). Para él, defender a Céline es “decir ‘emoción’ por xenofobia, ‘estilo’ por retórica del ‘mártir colabo’, ‘musiquita’ por vociferación”. Martin traduce el poético y celiniano “al comienzo era la emoción” por un vulgar y actual “cada cual dice lo que siente” (p. 128). Es decir, la bajeza de su nivel de lectura. Con todas las tergiversaciones cumplidas, como último argumento Martin recurre y vuelve, con tanta insistencia como ucronismo, a la comparación Céline – Le Pen – Hitler (p. 131). Había otros medios de burlarse de las piruetas, los saltos acrobáticos, las contorsiones de Kristeva, Sollers, Zagdanski. ¡Lector de Céline = elector de Le Pen = nostalgia de Hitler! ¡Qué ensalada rusa! ¿Lector de Aragon = elector de Da Hue = nostalgia de Stalin? ¿No saldremos de eso jamás?
Volvemos con Martin al maniqueísmo de los Izvestia de los años treinta. Un escalón todavía más bajo: algunas páginas más adelante, Martin nos dice preferir la comicidad de Guy Bedos a la de Céline (p. 156). Martin se inquieta al ver a Céline festejado todos los años con un libro nuevo. Tranquilicémoslo. Céline es mucho menos leído que Camus. No tiene una estación de metro con su nombre, como el camarada Aragon, ni un colegio, como Simone Signoret, ni una calle en Meudon o una placa en Montmartre, y tampoco un mísero callejón sin salida en Courbevoie. Céline sigue siendo un autor maldito. Los optimistas se contentarán con libretos y letanías ronroneantes. El argot ha desaparecido en beneficio del verlan. La lengua francesa ha malogrado un renacimiento. ¿Contra Céline? “¡Lo que sea contra Céline!” La frase data de la Ocupación. Nada muy nuevo del lado de Martin.
Traducción: Mariano Dupont

(*) Este texto fue publicado originalmente en Le Bulletin célinien n° 176, mayo de 1997, pp. 13-22.
(1) Judío. Argot despectivo. (t.)
(2) De la Sorbonne. (t.)
(3) Verlan es la jerga francesa que consiste en invertir las sílabas de las palabras. (t.)